Rafael Edgar Dudamel ya es santandereano

Rafael Dudamel

Misael Salazar F.

No importa que haya nacido en San Felipe, la capital de Yaracuy, uno de los tantos jirones del territorio venezolano.

Tampoco que se haya criado entre los estados Yaracuy, Lara y Mérida y que en este último comenzara su fulgurante carrera como jugador del fútbol profesional.

Ni que sus éxitos lo hayan llevado a Sudáfrica o al Necaxa mexicano o al Atlético Mineiro de Brasil.

Hoy lo que importa es que su calidad futbolística y humana lo trasladaron a tierras colombianas, primero como cuidapalos, después como entrenador y comentarista deportivo, hasta que llegó a conseguir el título del fútbol colombiano con el Deportivo Cali, en la ciudad rumbera que convirtió en su nuevo destino cuando se hizo ciudadano colombiano.

Hoy lo que importa es que Rafael Dudamel entendió más que nadie que los hinchas del Bucaramanga necesitábamos con ansias un motivo para anidar nuestros sueños campeoniles, y por cosas del destino Dios nos lo trajo por estos senderos para ayudarnos a fabricar ilusiones y tratar de materializarlas.

Por futbolista que es, por humano que es, Dudamel entendió lo que significa para una hinchada carecer de un título y vivir tanto tiempo con el grito de victoria atragantado entre el pecho y el alma.

Y comenzó hace seis meses a fabricar una propuesta que además de recursos económicos tenía mucho del corazón y del alma. Al fin y al cabo, siempre, como jugador de fútbol, debajo de los tres palos, Rafael Dudamel jugó a ser el líder de los equipos donde hizo carrera y vaya que son bastantes.  

Fabian Sambueza, el 10 argentino al que Dudamel logró reciclar a sus 35 años de edad y quien fuera el artífice de la gran victoria de este domingo frente al Deportivo Pereira, lo dijo en una entrevista para Vanguardia antes del partido. “Antes que entrenador, Rafael Dudamel es humano”.

Ahí parece radicar el secreto de esta sufrida y esperada clasificación del Atlético Bucaramanga a la finalísima del fútbol colombiano: Dudamel es un hombre humilde, muy humano y eso, junto a su sabiduría, lo convierte en un excelente entrenador de fútbol.

Este domingo, entre la tarde y la noche, en una especie de caldera ardiente como el estadio Alfonzo López, el estratega colombo-venezolano dio muestras de ser un hombre sereno, tranquilo, calculador y convencido de lo que estaba a punto de lograr para los sufridos hinchas del Bucaramanga.

Soportó la transición entre la victoria inicial fabricada por el magistral Sambueza y el gol de Ibarguen para el empate del Pereira, que por momentos ahogó el grito leopardo y silenció el estadio.

Movió las fichas con la frialdad de quien sabe lo que anda buscando y la recompensa llegó en los zapatos de John Emerson Córdoba y Daniel Mosquera y para sepultar definitivamente las aspiraciones del equipo matecaña que llegó a Bucaramanga apenas necesitando un empate para clasificar y resultó goleado y humillado por el ímpetu leopardo.

Cuando con la ayuda de Millonarios, Bucaramanga clasificó a la final frente al Santa Fe, Rafael Dudamal volvió a los caminos de su humildad que lo han hecho merecedor de muchos reconocimientos.

Agradeció a una ciudad y a su gente que lo recibieron con cariño y le brindaron el cobijo que necesita y merece un hombre de sus cualidades y recordó, en el camerino, frente a la prensa deportiva, una de las frases que hicieron grande al Libertador de América, nuestro Simón Bolívar: “No importa donde se nace, tampoco importa donde se muere. Lo importante es donde se lucha”.

Si hoy los santandereanos amanecieron todos felices, contentos y optimistas, es porque Rafael Dudamel y los jugadores del Bucaramanga saben lo que significa una estrella para un conglomerado humano que lleva más de 70 años viendo celebrar otros triunfos, sin poder acariciar con sus manos o con su alma su propia copa, a la que ya tienen todo el derecho porque bastante que han sufrido.

Lo de este domingo, fue la compensación de Dudamel al gesto de Jaime Andrés Beltrán por haberlo declarado huésped ilustre de Bucaramanga y por haberle entregado las llaves de la Ciudad Bonita.

Pero Dudamel es más que bumangués. Ya se metió en el alma de lo santandereanos y con nosotros va a celebrar la primera estrella de un equipo que palpita en cada corazón de los que habitamos este pedazo de la geografía, tan suya como la tierra yaracuyana que lo parió.

Dudamel es tan santandereano como los de Oiba, Suaita, Vélez, El Cerrito, Sabana de Torres, San Vicente de Chucurí, Guaca, El Socorro o el resto de quienes habitamos en cualquiera de los 87 municipios que componen esta maravillosa tierra.

Regalarnos la ilusión de la primera estrella para el equipo del alma, ya es suficiente motivo para declararlo santandereano.                   

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