Habla uno de los celadores de Floridablanca: “No somos paracos ni águilas negras”

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Gerardo Castro Pérez

–Señor periodista, permítame contarle la verdad de lo que ha pasado y pasa en Floridablanca en cuanto a la gran proliferación de habitantes de calle, la inseguridad local y la función de nosotros como vigilantes privados.

Nuestro entrevistado, quien pide no revelar su identidad, lo llamaremos “Oscar” y nos comienza su relato así:

— Nosotros somos personas de bien, somos padres de familia que trabajamos honradamente para sostener nuestros hogares. Todos sabemos y conocemos de las pocas y muy mínimas oportunidades laborales que hay en el país, por lo tanto, en nuestro caso, nos asociamos como vigilantes privados y nos pusimos a la orden de la comunidad. Nuestra misión es la de cuidar los bienes de los ciudadanos, especialmente de los comerciantes, y brindar seguridad para que la gente pueda andar en la calle con tranquilidad.

Está bien lo que dices, Oscar, ¿pero con qué derecho ustedes han llegado al extremo del abuso al maltratar físicamente habitantes de calle?

–Señor, le puedo afirmar que es peor la doble moral de la gente que los planazos dados a los vagos. Sí, porque la verdad es que a Floridablanca últimamente han llegado muchos viciosos, expendedores, atracadores y desechables, quienes se han venido tomando los alrededores del parque y convirtiendo la ciudad en un muladar de alta peligrosidad. Ah, y no solo en el casco antiguo, igual está sucediendo en Bucarica, Cañaveral, La Cumbre, el Reposo, Santana y Villabel.

¿Qué quieres decir con la doble moral de la gente?

–Sí, que a diario los comerciantes y los ciudadanos en general nos abordan y nos piden hacer algo para desparpajar a los ñeros, pero como con esa gente no se puede por las buenas, toca a las malas. Y entonces cuando cumplimos la tarea que nos mandan a hacer los ciudadanos, esos mismos ciudadanos salen ahora a decir que pobrecitos los vagos.

¿Cómo es la relación de ustedes con los agentes de la Policía Nacional?

–Conocido es, que el número de unidades policiales en Floridablanca es insuficiente y nosotros, de hecho, nos hemos convertido en apoyo a la institución. Sabido es, que en muchas oportunidades hemos inmovilizado ladrones y se los hemos entregado a la policía. O sea, señor periodista, que quede claro que nosotros nunca hemos pretendido suplantar la autoridad, no, nuestra función es servir meramente de apoyo. Ellos nos conocen a cada uno de nosotros – los que trabajamos de día y los que lo hacemos de noche – la comunicación es permanente, les damos información y por favor entiéndase que el objetivo de la policía y el nuestro es el mismo: Trabajar en beneficio y la tranquilidad de la comunidad.

Oscar, concretamente, ¿usted está de acuerdo con maltratar físicamente habitantes de calle?

–Señor, ya se lo dije y lo repito: Esa gente no entiende por las buenas, la única manera es a pata y puño. Comprenda por favor; sí, son seres humanos, pero que no le aportan nada a la sociedad, al contrario, su sola presencia causa molestia, no lo digo yo, lo dice toda la comunidad.

¿Quiere decir que esa práctica de planazos de machete y macanazos puede continuar?

–Esto tiene tanto de ancho como de largo. Quiero decir: La gente está mamada de tropezase en cada cuadra con tres o cinco viciosos pidiendo plata y amenazando si no les dan. Los dueños de restaurantes y cafeterías ya no hallan qué hacer con tanto ñero en las puertas de sus negocios fastidiando a los clientes. Si no hay vigilancia, el “ladronismo” se va a disparar. Que peligroso es los niños y las niñas en la calle expuestos a ser abusados. Cuánta contaminación y mal aspecto presenta el espacio público después que los desechables pasan esculcando las bolsas de basura y regando su contenido. Ah, y el cuentico ese que es que los drogadictos pobrecitos, es que son enfermos. No y no. Quien está enfermo debe y le obliga buscar sanarse, pero esos tipos y tipas lo que son es vagos que no les gusta trabajar, no tienen dignidad, no tienen autoestima y su único pensar es en adquirir su siguiente dosis o la otra botella de “yo me mato”.

Y si no es a planazos, ¿cuál otra solución al problema puede haber?

–Periodista, para su comprensión y la de sus lectores. El juego es así: Los ciudadanos le mandan cartas al alcalde quejándose por tanto zánganos, haraganes y delincuentes en la calle. El alcalde le da la orden al Secretario del Interior para que actúe. Este le oficia al Comandante de Policía para que tome cartas en el asunto. Al otro día, en formación, el jefe de la Policía instruye a sus efectivos para hacer algo pero recomendándoles tener cuidado para no violar derechos humanos. ¿Y entonces sabe qué pasa?… que nosotros, los vigilantes privados somos a quienes las circunstancias nos obliga hacer “el trabajo sucio”.

–Ahora, hablemos la verdad, quiero decir, el señor alcalde no se debe limitar meramente a la represión. Sabemos que la administración maneja un rubro destinado a favorecer habitantes de calle, el cual debería ser manejado por profesionales que tuvieran como prioridad la búsqueda de la resocialización de esas personas. Además, el municipio debería tener un albergue para el cumplimiento de programas especializados y tratar en lo posible que no existiera tanto espectáculo deprimente en las calles y parques. Pero sabe qué, lástima todos esos millones que le dan en contratos a fundaciones piratas que cuando mucho dedican uno o dos días al año para reunir desechables; peluquearlos, afeitarlos, darles una pinche camiseta, un pantalón, una taza de café y un pan de combate. Claro, esto solo lo hacen para el registro fotográfico de anexar a la cuenta y “cobrar por ventanilla”.

–Y finalizo diciendo: Los vigilantes privados solo y únicamente actuamos en resguardo de los vecinos y sus bienes de cada sector custodiado por nosotros. Entiendan por favor, nuestro trabajo no es fácil, ganamos apenas lo suficiente para subsistir, eso de trasnochar todos los días desgasta físicamente, y, además, el cumplimiento de la labor encomendada nos genera enemigos peligrosos por lo que siempre estamos expuestos a que nos hagan daño… No somos ningunos paracos, ni mucho menos águilas negras.

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