Misael Salazar F.
El salón donde sesiona el Concejo Municipal de Floridablanca, lucía, este martes, 14 de diciembre, alegre y cargado de entusiasmo.
Motivos sobraban para las dichas que se anidan en el alma, cuando se logra reunir para un homenaje en vida a tres raizales que han paseado por el mundo, orgullosos, todo lo que encierra el gentilicio florideño.

Varios concejales hicieron suyo este especial homenaje
La Cámara Municipal, a solicitud grata de los concejales Alexander Esparza “Guache” y Nicanor Vera Pedraza, aprobó entregar la Orden Carlos Gutiérrez Gómez a tres ilustrísimos representantes de lo que ayer fue El Valle de la Mano del Negro y desde 1.817 se conoce en las anchuras del planeta como Floridablanca de San Juan Nepomuceno.
Sentados, uno al lado del otro, Gerardo Mantilla Quijano, Carlos Arturo Ardila Rodríguez y Juan de la Cruz Hernández, “El Chivo Clausen”, nos mostraban silenciosos que es verdad esa máxima del poeta Antonio Machado, cuando reflexionando sobre lo transitado y lo vivido, supo exclamar con especial sentido de la extrema síntesis: “Se hace camino al andar”.
Frente al impulso testarudo de estos tres maestros de la hidalguía que han paseado por el mundo la esencia de lo puramente florideño, no queda sino reconocer a Alexander Esparza y Nicanor Vera Pedraza este gesto de humano reconocimiento. Y resultaría injusto no admitir que los concejales Edgar Silva, Fredy Ávila, Néstor Alexander Bohórquez, Cesar Navarro, Milady Tovar Cabarique, German Durán Useda, Jhan Carlos Ruiz, Marlene Rincón, Liliana Mendoza, María Mercedes Muñoz y Elio Torres, abrazaron el homenaje como suyo y, con su presencia, le dieron brillo y esplendor a la ceremonia.
Dueños de la palabra
Tan emocionado, como los condecorados, estaba el concejal Alexander Esparza.
Tanto, que se explayó en halagos para quienes eran objeto del homenaje merecido y dijo sentirse honrado de haber podido contribuir con ese reconocimiento a quienes cargaban el sentir florideño en sus alforjas.
Su discurso reflejaba la paz que se siente cuando uno hace lo que le corresponde. Él y su colega Nicanor Vera, cumplieron con el deber de reconocer el aporte de Gerardo Mantilla Quijano, Carlos Ardila Rodríguez y Juan de la Cruz Hernández.
Enamorado de los peces

Carlo Ardila Rodríguez es un florideño universal.
Se enamoró desde niño de los peces de agua dulce y ha dedicado 67 años de su vida al estudio de estas especies que habitan en los ríos y quebradas del mundo.
Su especialidad es la ictiología, por lo mismo. Y en ejercicio de su oficio cotidiano de vivir y convivir con los peces, se hizo ciudadano del mundo en los ríos panameños, venezolanos, peruanos y colombianos.
Su conocimiento se multiplica en las aulas universitarias y ha servido de sustancia creadora en centros donde se alimenta la sabiduría, como el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) o en las cátedras donde, como pez en el agua, habla de la vida animal en los ríos de agua dulce, con la misma devoción con que defiende el agua y la naturaleza.
Su tránsito por el mundo ha sido largo. Pero siempre procura que, en su alma y su maleta, lleve consigo la bandera y todo lo que encierra el sentimiento florideño, porque desde niño aprendió a amar esta tierra en Río Frío o Aranzoque, en La Carbona o en La Aurora o en las calles y parajes de esta comarca o en los humildes rostros de sus hermanos nacidos o adoptados en esta aldea planetaria de la cual vive profundamente enamorado: Floridablanca.
Por Alemania, por el mundo

Después de estudiar y trabajar en las tierras del Palatinado, luego de compartir su conocimiento de ingeniero electro mecánico en fábricas como la Opel y la Volkswagen, Gerardo Mantilla Quijano, florideño como el que más, terminó contribuyendo en la construcción de la Central Atómica de Pilsburg.
Durante mucho tiempo, Gerardo vivió y pensó en alemán. Se paseó por el mundo como don Quijote cabalgando a Rocinante, pero nunca cambió los molinos de viento por la brisa suave y tierna que de niño recibía de los cerros orientales de Floridablanca.
Jamás permitió que el agua de otros mundos lo acariciara mejor que aquella que brota de La Judía o El Venado. En Tailandia compró el traje para venir a su tierra, Floridablanca, a recibir el homenaje que le tributaron sus paisanos.
Por Europa, por la tierra de los teutones, por la parte norte del África, por Asia, por Singapur, por donde anduviera, Gerardo Mantilla Quijano siempre apretaba el recuerdo de su Floridablanca, tanto, que en uno de los párrafos de su extenso poemario titulado “Nostalgias del ayer”, libera el alma y expande sus pulmones para decir con honda fuerza:
Florida divina, es un goce en la tierra
Florida es un sueño de no despertar
Yo soy de Florida mi suerte me aterra
me siento orgulloso de poderla amar
Un “Chivo” trepando a los altares

Al tercero de los homenajeados le dicen cariñosamente: “El Chivo Clausen”.
Se ganó este título amarrado al manillar de una bicicleta, porque no quiso conformarse con vivir descalzo en los cañales de la hacienda El Limoncito de su natal Floridablanca.
Sin dirección técnica, solo con la fuerza que proporcionan la ilusión y la juventud, Juan de la Cruz Hernández se ganó en las carreteras de Colombia, el honor de portar el estandarte como el mejor ciclista de Floridablanca y Santander.
Cuando con Virgilio Álvarez decidió que había llegado el momento de aspirar a los altares, se inscribió en su primera carrera: La Doble a Piedecuesta. Nadie los patrocinó, pero lo primero que hicieron fue colocar un pedazo de trapo en sus espaldas con un letrero grande que decía: Floridablanca. Con el orgullo de ser florideño les bastaba.
Ganó 13 carreras consecutivas en su afán de ganarle la batalla a la pobreza.
Corrió 7 vueltas a Colombia con la camiseta de la Cervecería Clausen, que era igual que decir Floridablanca.
Estudió asuntos mercantiles, trabajó en Bancolombia, vivió en Nueva York, Miami y Chicago y siempre cuenta con orgullo que fue un campesino descalzo, que a punta de coraje quiso acariciar la gloria y el reconocimiento que este martes le tributó el pueblo florideño.
El maestro de tan especial ceremonia fue otro florideño, ni más ni menos: El periodista Edgar Pineda. A él le correspondió el halago de regar por los amplios espacios comunicativos, que en el salón donde sesiona a diario el Concejo Municipal, tres honorables florideños que se esparcieron por el mundo, ancho y ajeno, regresaron a su tierra natal para recibir los honores correspondientes como hijos ilustres de esta, la siempre hidalga y querendona Floridablanca.
