Andelfo Suárez, junto a Yemerson Hernández, con quien compartía el cuidado de la reserva forestal en La Judía. Foto suministrada
Martín Parra
En las entrañas de Floridablanca, donde la naturaleza aún se respira en cada rincón, vivía un hombre cuyo nombre resonará por siempre en las montañas y quebradas de su tierra: Andelfo Suárez. Fue un hombre multifacético que, con su canto, su tiple y sus manos artesanas, dejó una huella profunda como carpintero, músico y defensor del medio ambiente. Su legado vive en cada árbol que sus manos tocaron y en cada nota que su tiple dejó resonar.
Vida y obra: un corazón tallado en madera y melodías
La familia de Andelfo llegó a Floridablanca como muchas, buscando un refugio para crecer, por allá en las postrimerías de la década de los 70. Nació el 29 de agosto de 1954 en Suratá el, aprendió de su padre, al igual que Juan, Germán y otros hermanos, el oficio de la carpintería. Pero no fue solo la madera lo que le dio sentido a su vida. Pronto, el llamado de la música lo atrapó, y junto a su fiel compañero, el tiple, empezó a contar las historias de su tierra a través de canciones.

En las tardes tranquilas, cuando el “sol de los venados” —ese ocaso que tiñe el cielo con los colores cálidos de un venado— caía sobre el Cerro de La Judía, Andelfo encontraba su mejor momento. Desde joven, primero en el parque principal de su pueblo, y luego ya en el cerro, se consolidó como un hombre que parecía pertenecer tanto al mundo de los vivos como al reino de la naturaleza.
Desde su juventud, su andar estuvo marcado por la amistad, hasta hoy, cuando interactuaba en Facebook a través del grupo Floridablanca Toda Una Vida. Y aunque se destaca su cercanía con Carlos Ardila Rodríguez, ictiólogo y científico prominente, con quien compartió la primaria y el fútbol, y Álvaro Navarro, con quien compartió el arte musical, su círculo siempre fue amplio. Carlos lo describe como un compañero fiel en las aventuras por las quebradas de la región, mientras Álvaro encontró en Andelfo más que un amigo, un «compinche musical». Fue allí donde, entre cuerdas y acordes, nació una amistad que trascendería el tiempo.

Andelfo Suárez con algunos de sus entrañables amigos, Carlos Ardila Rodríguez y Heriberto Sandoval, entre ellos
La música como puente de almas
A mediados de los 70 y buena parte de los 80, la música en Floridablanca estuvo marcada por dos extraordinarios músicos: Pablo Celis y Francisco Adarme, y por la Banda Municipal y la Estudiantina Brisas del Lago, a las que perteneció Andelfo. Don Pacho Adarme, muy activo con la bandola, propició que Andelfo y Álvaro se conocieran, para luego conformar el trío Los Tres del Sur, al lado de Iván Solano, intérprete de la bandola.
José A. Morales falleció el 28 de septiembre de 1978. En su honor, se motivó un acto musical en el cementerio al lado de su tumba. A la segunda versión del evento, Álvaro le propuso a Andelfo que fueran juntos, deseando conocer a los Hnos. Martínez, admirados por ambos. Sin embargo, el viaje se demoró, y no lograron llegar a tiempo. Aun así, se unieron a la comitiva que terminó en el Club del Comercio del Socorro, donde no pudieron tocar, pero se tomaron una foto con las grandes estrellas de la música colombiana, recuerda Álvaro con gracia.
Con el trío Los Tres del Sur, recorrieron tarimas y noches de tertulias. Álvaro recuerda con orgullo cuando fueron contratados por la alcaldía de Gambita para un homenaje al maestro Luis A. Calvo: «Imagínese nosotros, que casi nunca nos pagaban, y de encime alternando con grandes músicos y en homenaje a semejante maestrazo». A pesar de estos momentos de gloria, siempre volvieron a sus raíces: la música como una forma de honrar a los grandes y mantener viva la cultura.
Un defensor de lo sagrado: la tierra y sus bosques
Video: AndelfoSuárez interpretando una de sus emblemáticas canciones
El compromiso de Andelfo no terminaba con la música. El Cerro de La Judía, que lo había visto crecer y cantar, también lo tenía como guardián. Años después, cuando decidió mudarse a una finca en la vereda del mismo nombre, Andelfo se convirtió en un defensor incansable de la reserva natural. Para él, los árboles, los venados y hasta el río eran tan parte de la vida como las personas mismas. Se le veía caminar entre los senderos, no como un simple habitante, sino como alguien que pertenecía a ese lugar.
Su “hijo” Yemerson recuerda cómo su “padre” nunca dejó de enseñarles a todos el respeto por la naturaleza. «Papá nos decía que la tierra habla, que, si aprendemos a escucharla, sabremos cómo cuidarla», comparte con una voz llena de nostalgia. Ese amor por lo verde, por lo puro, era una constante en su vida, tanto como el aire que respiraba. Así lo recuerdan también sus vecinos y amigos de la comunidad: siempre dispuesto y frentero para defender su tierra, con la misma pasión con la que tocaba su tiple.
“Nos enseñó a amar el silencio del bosque tanto como su música”, dice Yemerson con una sonrisa que apenas disimula la nostalgia.
El hombre que vivirá en sus notas y en su tierra

Andelfo Suárez fue más que un amigo, más que un músico, más que un defensor del medio ambiente. Fue un ser humano cuyo legado sigue vivo en cada acorde que resuena entre las montañas de Floridablanca y en cada árbol que aún permanece en pie en La Judía.
Para quienes lo conocieron, Andelfo es un ejemplo de que vivir plenamente significa abrazar todo aquello que nos rodea, desde lo que tallamos con nuestras manos hasta la tierra que amamos con el corazón. Porque, al final, él cantó no solo por su música, sino también por su tierra. Y aunque sus manos ya no acaricien el tiple, la música de Andelfo sigue flotando en el aire que respiran las montañas.
Sus exequias se llevan a cabo en la Casa de los Nazarenos, casco antiguo de Floridablanca. Su sepelio será este domingo 20 de octubre.
Ciudad Florida extiende a familiares y amigos de Andelfo, un abrazo cálido y solidario.

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