Gerardo Castro
Era un domingo por la tarde en el sector de Lagos 2, en Floridablanca. El Parque de la Sexta, con sus andenes amplios y su aire de vecindario tranquilo, se transformó en un escenario de fiesta, arte y comunidad. Bajo el cielo algo nublado pero cálido, decenas de vecinos comenzaron a reunirse alrededor de la tarima, listos para disfrutar de una nueva jornada del Festival Artístico y Cultural, una iniciativa itinerante que recorre los barrios llevando música, color y cultura.
La jornada comenzó con música campesina, la que nace del alma del pueblo. Sonaron los grupos de carranga de Don José Parra y de Omar Ariza, este último vecino del sector, músico de toda la vida y verdadero referente de la tradición artística florideña. Mientras ellos tocaban en tarima, en la baldosa del parque no quedaba un solo espacio libre: un grupo de entusiastas bailadores, vestidos con colores vivos y sonrisas amplias, se movía al ritmo frenético de los tiples y guacharacas. Su energía era contagiosa. La música no solo se escuchaba, se vivía. Y los espectadores, aún los más tímidos, no podían evitar mover los pies o aplaudir con emoción.
De pronto, alguien entre el público comentó que había un niño que cantaba muy bien. Tenía unos 10 años, tal vez menos. Se llamaba Santiago Mejía. Le pusieron una pista, y cuando comenzó a cantar, el silencio se apoderó del lugar. Interpretó una canción del corte mexicano en homenaje a las madres y su voz, clara y afinada, nos transportó de inmediato al recuerdo de un joven Pedro Fernández. Santiago no solo sorprendió, emocionó. Su presentación fue uno de esos momentos mágicos que quedan en la memoria colectiva.




Con la llegada de la noche, la tarima se transformó en una pantalla de cine al aire libre. Se proyectó una película que, hasta hace poco, estaba en cartelera nacional. Ni siquiera una ligera lluvia logró dispersar al público. Bajo paraguas, ruanas o simplemente confiando en el clima, la gente permaneció sentada, atenta, conectada. Ver cine en comunidad, al aire libre y sin barreras, tiene un encanto especial: convierte lo cotidiano en extraordinario.
Alrededor del parque también se levantó una colorida muestra de emprendimientos locales. Residentes del mismo sector ofrecían sus productos: artesanías, comidas típicas, dulces, tejidos, plantas. Era una feria del talento doméstico, una vitrina que no solo incentivaba la economía del barrio, sino que también fortalecía el sentido de orgullo por lo propio.
Estas jornadas, impulsadas por la administración local, son más que eventos culturales. Son actos de construcción de paz. Espacios donde la comunidad se encuentra, se reconoce y celebra lo que la hace única. Son la prueba viva de que una política pública puede convertirse en una experiencia real, tangible y transformadora.
El festival seguirá su ruta en mayo, iniciando en el sector de González Chaparro y luego en Bucarica. Cada lugar al que llega se llena de música, de niños cantores, de bailadores que hacen vibrar el suelo, de vecinos que se saludan de nuevo, como si se reencontraran después de mucho tiempo. Porque, al final, se trata de eso: de encontrarnos. Y de recordar que la alegría, la cordialidad y la cultura son también formas de hacer hogar.
