Martin Parra
Cajicá se despertó con la noticia que nadie quería escuchar. Después de 18 días de incertidumbre, plegarias y angustia, el cuerpo sin vida de Valeria Afanador, la niña de 10 años que había desaparecido el 12 de agosto, fue hallado a orillas del río Frío.
Valeria, una niña con síndrome de Down, salió de su colegio, el Gimnasio Campestre Los Laureles, durante un recreo. Desde entonces, su rastro se perdió entre la vegetación que bordea el río. La comunidad, junto a las autoridades, emprendió una búsqueda sin descanso que se convirtió en símbolo de solidaridad, pero también de desespero.
Días de espera y esperanza
En Cajicá, el tiempo se detuvo. Durante más de dos semanas, voluntarios, organismos de socorro, la Policía y el Ejército rastrearon la zona metro a metro. En cada esquina del municipio se hablaba de Valeria, su sonrisa y su ternura. Las vigilias se multiplicaron y los carteles con su rostro acompañaron a la gente en mercados, buses y calles.
La esperanza se quebró en varias ocasiones. Una de ellas ocurrió cuando, en medio de los operativos, se encontraron restos humanos desmembrados. El rumor corrió como pólvora: ¿eran de la niña? Días después, Medicina Legal confirmó que pertenecían a un hombre adulto. El hallazgo, aunque macabro, no resolvía la pregunta que mantenía a todos en vilo: ¿dónde estaba Valeria?
El hallazgo que estremeció
El 29 de agosto, en la ribera del río Frío, la búsqueda llegó a su fin. Fue el propio gobernador de Cundinamarca quien confirmó la noticia: el cuerpo de la menor había sido encontrado. La conmoción se extendió más allá de Cajicá, alcanzando a todo el país que seguía el caso con atención.
Las autoridades no han entregado aún detalles concluyentes sobre las circunstancias de la muerte. Lo cierto es que, en medio de la tragedia, se impone el dolor de una familia que nunca dejó de esperar y de una comunidad que acompañó con oraciones y esfuerzo cada paso de la búsqueda.
Una ausencia que deja huella
La historia de Valeria es la de una niña que, pese a su fragilidad, irradiaba alegría. Sus compañeros la recuerdan por los dibujos que hacía en clase, sus gestos espontáneos y la manera en que conquistaba a quienes la conocían.
Cajicá la despedirá con flores y velas, mientras el río que la ocultó se convierte en testigo silencioso de un drama que ha marcado para siempre la memoria colectiva.
La crónica de Valeria no termina con su hallazgo: abre preguntas sobre la seguridad de los menores, la responsabilidad de las instituciones y el acompañamiento a las familias que confían sus hijos a la escuela.
En Ciudad Florida, más que una noticia, queda la lección de humanidad que inspiró Valeria: la fuerza de una comunidad unida, la esperanza que resistió incluso frente al dolor y la necesidad de cuidar, con mayor firmeza, a quienes más lo necesitan.
