El domingo que amanece distinto.
Martín Parra
En muchos pueblos de Santander, antes de que el sol caliente las calles, ya hay gente caminando hacia la iglesia con un ramo en la mano. No siempre es palma. A veces es laurel, a veces una rama cortada del patio, a veces un tejido improvisado con lo que da la tierra. Lo importante no es la forma, sino el gesto.
Se repite, sin que muchos lo piensen, una escena que comenzó hace casi dos mil años, cuando Jesucristo entró a Jerusalén montado en un burro, mientras la multitud extendía mantos y agitaba ramas a su paso. Lo cuentan los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Lo gritaban entonces como ahora: “¡Hosanna!”, una palabra que es al mismo tiempo alabanza y súplica.
Pero ese episodio, en su origen, no era una fiesta. Era apenas un momento. La celebración vendría siglos después.
Hacia el año 380, una peregrina llamada Egeria dejó por escrito lo que vio en Jerusalén: una procesión de fieles que caminaban con palmas, cantando, recreando la entrada de Cristo en la ciudad. Ya no era solo memoria, era rito. Ya no era relato, era comunidad.
Desde allí, la costumbre se extendió. Llegó a Roma, se integró a la liturgia, se consolidó en la Europa medieval. Y siglos más tarde cruzó el océano con la Conquista de América, instalada en el equipaje invisible de los misioneros: el calendario religioso.
Así llegó también a lo que hoy es Colombia, en el siglo XVI, donde encontró nuevas formas de existir. Aquí las palmas se mezclaron con plantas locales, las procesiones con calles de tierra, la liturgia con la vida campesina.
Por eso, en Santander, el Domingo de Ramos no es una copia de Jerusalén. Es otra cosa. Es la señora que vende ramos tejidos a mano en la plaza. Es el niño que camina vestido de blanco sin entender del todo la escena. Es la familia que entra junta a misa y sale con una rama bendecida que luego irá a la pared, a la puerta, al rincón donde se cruzan la fe y la costumbre.
Hay un aire de celebración, sí. Una alegría tranquila, sin estridencias. Como si el pueblo supiera algo que no termina de decir. Porque esa misma multitud que hoy levanta ramos… es la misma historia que, días después, guarda silencio.
Ahí está la fractura. El Domingo de Ramos es ruido: pasos, cantos, voces. El Viernes Santo, en cambio, es otra cosa. Es pausa. Es recogimiento. Es un silencio que pesa.
Entre un día y otro no han pasado más que unas jornadas, pero todo cambia.
El que fue recibido como rey entra ahora en el camino del sacrificio. El entusiasmo se disuelve. La multitud ya no aclama. La escena se vuelve íntima, casi incómoda. La fe deja de ser celebración pública y se vuelve pregunta.
Tal vez por eso el Domingo de Ramos tiene algo de paradoja. Es una fiesta que, en el fondo, anuncia una tragedia. Es un triunfo que aún no se comprende del todo. Es la puerta de entrada a una semana que, lejos de desarmar la fe, la pone a prueba y termina por fortalecerla.
En las casas santandereanas, el ramo queda colgado, quieto, como testigo. Con los días se seca, pierde color, se vuelve frágil. Pero permanece. Como la memoria. Como ese eco lejano de una multitud que un día gritó “¡Hosanna!” sin saber que el silencio estaba a la vuelta de la esquina.
