Eran las 9 de la noche del 27 de febrero de 1933, cuando fulgurantes llamas iluminaron el apacible cielo berlinés, ¡oh! nadie lo podía creer, el Reichstag, joya arquitectónica de suma relevancia histórica, ardía. Caía pulverizado el símbolo del poderío alemán y su tradición parlamentaria.

En Alemania, como en la Colombia de hoy, con algunos años de diferencia
El incendio comenzó desde varios lugares a la vez, evidentemente resultado de un malévolo plan organizado con fría premeditación.
No solo estaba en juego el símbolo de la república de Weimar, sino el mismo parlamento alemán, como institución, como cuerpo colegiado.
Los nazis apresaron y torturaron un muchacho que pasaba por allí, Marinus Van Der Lubbe, un comunista, dijeron. Holandés, albañil desempleado. Terminó inculpándose del hecho con tal de parar el dolor infringido por la naciente policía secreta del régimen, la Gestapo.
Hitler desde su recién coronado curubito en la cancillería, presionó al viejo presidente Paul Von Hindenburg, argumentando que el comunismo internacional había quemado el Reichstag y con él la dignidad del pueblo alemán para consolidar la revolución comunista. Este, débil cual Duque frente a Uribe, por la edad y no por la mente como en nuestro caso, aceptó expedir un decreto especial para abolir la mayoría de las disposiciones de la constitución de 1919 asegurándose la dictadura. “La conmoción interior”.
El plan de Hitler había funcionado, necesitaban eliminar el parlamento y cualquier vestigio de oposición. A partir de ahí se persiguió y asesinó a quienes fueran “identificados” o se declararan opositores. En Colombia algunos piensan que utilizando las viejas tácticas del partido nazi se librarán de su deuda con la sociedad.

Hay muchas dudas sobre el incendio en Tulúa. ¿Con qué propósito lo hicieron?
Era claro que un desprevenido y manipulado “comunista” holandés, vagando por Berlín, hubiera sido incapaz de provocar tal incendio en sus propias fuerzas. Había sido utilizado como chivo expiatorio para favorecer a Hitler. Era el Roa del bogotazo o el bobo que se subió al avión de Avianca con una bomba sin saber lo que llevaba.
¿Qué pasó en Tuluá después del tan conveniente para algunos, incendio? ¿Se expidió un decreto especial similar al de 1933 en Alemania?
¿Qué acaso no van a seguir los procesos sobre restitución de tierras en el Valle del Cauca?, eso quisieran algunos.
¿Es este nuestro pequeño “incendio del Reichstag” colombiano?, eso sí, guardando las proporciones históricas y todo lo que implican. Sin embargo, un viejo aunque valioso edificio, no es más importante que la vida de miles de campesinos, indígenas y minorías étnicas desplazadas y asesinadas para robarles la tierra, ahora convertida en grandes latifundios improductivos en manos de un puñado de señores feudales que, por si fuera poco, no pagan impuestos.
Todos tenemos las respuestas a esas preguntas. La sociedad colombiana mayoritariamente avanzó mucho en su carácter político durante las últimas dos décadas. Los jóvenes ya no estamos a expensas de viejas teorías costumbristas de la tradición vulgar conservadora, quienes odian la diferencia, pero en la intimidad sufren de indecibles perversiones, en todo caso privadas, pero hipócritas.
La juventud humilde empezó a leer, a hacerse preguntas. ¿Es verdad que no tengo derecho a educación?, ¿Es verdad que si logro estudiar será cuestión de suerte encontrar un trabajo? ¿Es verdad que me pagarán el mínimo y me pedirán uno o dos años de experiencia? ¿Por qué mis padres no tienen pensión? ¿Por qué no tenemos servicio de salud? ¿Por qué nos disparan por preguntar eso en las calles?
Después del incendio en Tuluá, donde se demoraron en llegar los bomberos y la policía, donde se extinguieron los documentos relacionados con los importantes procesos de restitución de tierras en el Valle del Cauca, Uribe presionó a Duque a expedir un decreto especial para según él “evitar la revolución molecular disipada, “la revolución comunista e imponer el orden”.
Para él y su cúpula, la señora que le lleva limonada a los sedientos de la “primera línea” es comunista, ni que decir de los que se la toman, son terroristas, dicen. Los del movimiento LGTBI son comunistas, las abuelas pensionadas que marcharon el 28 de abril también, la niña de 10 años que marchó juiciosita con su valiente madre de la mano es comunista y debe morir según ellos. Los del magisterio, las feministas, los grafiteros, los que inventan consignas groseras en las marchas, los que ven a Juanpis González, los camioneros, que dicho sea de paso votaron por Duque engañados con el cuento que Petro los iba a quebrar y resulto quebrándolos él, Duque.
¿Quién más es comunista? el jovencito, si su mamá lo dejó ir a la marcha, y ni que decir de los que critican al gobierno en redes, son súper comunistas, o cualquiera que “tendenciosamente” ose pensar diferente.
Tres días después Duque lanzó el infame documento de “asistencia militar”, donde no solo pone en más riesgo la población si no a los propios militares que podrían ser engañados por el régimen haciéndoles creer que los jóvenes somos sus enemigos.

La actuación del gobierno colombiano durante las manifestaciones, queda comprometida
Según Indepaz, hasta la fecha van setenta muertos en Colombia a manos de la fuerza pública y más de 346 desaparecidos. Es decir; la policía nacional junto a paramilitares de civil ha asesinado a sangre fría y ante los ojos del mundo a 70 compatriotas y dejado heridos o mutilados de por vida a más de 100, además de estar presuntamente implicados en violaciones y desapariciones forzadas. En este mismo momento mientras escribo este artículo la cifra podría crecer.
A Van Der Lubbe lo guillotinaron tras un hipócrita juicio propagandista donde nunca tuvo oportunidad mas que arrastrarse con la cabeza gacha desde la prisión de Leipzig hasta el juzgado nazi y luego a su fin.
En Colombia no ha habido ni un solo enjuiciamiento en el marco de las protestas, ni siquiera juicios hipócritas, mucho menos condenados a derecho. Pero si se ha ejecutado y desaparecido gente en las calles.
Décadas después tras la segunda guerra y la destrucción del régimen fascista y sus atrocidades, la justicia alemana en base a declaraciones de un ex paramilitar nazi de las SA (los camisas pardas), en donde acepta su participación en el incendio y confirma la autoría intelectual de Hitler en el hecho, fue declarado póstumamente inocente a Marinus Van Der Lubbe en 1981 y luego ratificada su inocencia en 2008.
Cabría preguntar; ¿Si ahora tenemos nuestro propio pequeño Reichstag Colombiano, tendremos nuestros propios pequeños juicios de Núremberg?
Por ahora un paso al cambio histórico y el pacto social sería inscribir la cédula y votar por una Colombia sin el uribismo en el poder, que tanto veneno le ha inyectado a nuestra sociedad, liberarnos del áspid con la ayuda de Dios y la fuerza de la verdad que siempre se junta con el noble espíritu del pueblo.
La historia no abandona la justicia que al fin llega.
Carlos Castro Roa
Joven Colombiano.
