Martín Parra
Este 12 de febrero de 2025 se cumplen dos décadas de una de las peores tragedias invernales que han golpeado a Girón y Bucaramanga. La avalancha del Río de Oro, ocurrida en 2005 tras intensas lluvias, dejó un saldo devastador: 5 mil viviendas destruidas, decenas de miles de damnificados y una cicatriz imborrable en la memoria de la región.
El día que el agua lo cubrió todo
Aquella mañana del 12 de febrero de 2005, los habitantes de Girón despertaron en medio del lodo y la desolación. Tras 19 horas ininterrumpidas de lluvias torrenciales, el Río de Oro se desbordó con una furia incontenible, arrastrando consigo hogares, comercios, vehículos y vidas. Las calles se convirtieron en ríos de barro y escombros, mientras los sobrevivientes intentaban rescatar lo poco que les quedaba.
La tragedia no solo significó pérdidas materiales, sino también humanas y emocionales. Muchos perdieron seres queridos, y miles de familias fueron desplazadas, forzadas a buscar refugio en albergues temporales o asentamientos informales en zonas de alto riesgo.
La lucha de los damnificados
A lo largo de los años, las víctimas de la avalancha han enfrentado dificultades para su reubicación. Pese a los compromisos del Estado, muchas familias siguen viviendo en condiciones precarias, en sectores de escarpa o en zonas que, paradójicamente, también han sufrido inundaciones posteriores. El caso de María Hernández, quien perdió su casa en 2005 y fue reubicada en un sector que también se inundó, es solo un reflejo de esta problemática.
¿Se ha aprendido la lección?
Si bien se han adelantado algunas obras de mitigación en puntos críticos, la amenaza de nuevas inundaciones sigue latente. Según estudios recientes del Área Metropolitana de Bucaramanga, 20 barrios continúan en riesgo de inundación.
En Girón, 7.689 edificaciones están en amenaza alta y 1.800 en amenaza media; mientras que en Bucaramanga, tres sectores urbanizados siguen en zonas inundables, poniendo en peligro a más de 2.000 personas.
Un llamado a la acción
Dos décadas después, la memoria de la tragedia sigue viva. Pero recordar no es suficiente: la prevención y la gestión del riesgo deben ser prioritarias. La aplicación efectiva de normativas sobre rondas hídricas, la reubicación segura de las familias en riesgo y la inversión en infraestructura de mitigación son tareas urgentes.
Mientras el Río de Oro continúe siendo una amenaza y los desplazados sigan esperando soluciones definitivas, la tragedia de 2005 no será solo un capítulo del pasado, sino una advertencia constante sobre lo que podría repetirse.
