Martín Parra
Floridablanca nació abrazada por el agua. Fue ese recurso, más que cualquier otro, el que motivó su fundación hace más de dos siglos. En 1817, el párroco Juan Eloy Valenzuela describía el territorio donde se levantaría el nuevo poblado como un lugar con “abundante agua para el abasto de la población y riego de ingenios, huertas y molinos”. Los promotores de la fundación no se equivocaron: la fertilidad del suelo, el clima generoso y la presencia de ríos y quebradas hicieron de este territorio uno de los más privilegiados en riqueza hídrica de la región.
Durante el siglo XIX y buena parte del XX, esa abundancia fue motor del desarrollo local. Del Río Frío surgió la energía que alimentó la primera planta eléctrica de la zona; y de la quebrada La Carbona —hoy prácticamente desaparecida— nacieron proyectos empresariales que marcaron la historia económica regional. Allí se instaló en 1888 la Cervecería Clausen, fundada por el ciudadano danés Christian Peter Clausen, considerada pionera en el país en la producción de cerveza de baja fermentación con maquinaria frigorífica. Décadas más tarde, en 1923, se consolidaría la Empresa de Licores de Santander, símbolo de una industria regional que también dependió de la calidad de estas aguas.
A mediados del siglo XX, el municipio entregó su sistema de acueducto al naciente Acueducto Metropolitano de Bucaramanga, empresa que hoy abastece a buena parte del área metropolitana y de la cual Floridablanca aún conserva participación accionaria. Es un dato poco conocido: el municipio que históricamente destacó por su riqueza hídrica ayudó a construir el sistema que hoy garantiza el suministro regional. La paradoja es evidente: mientras el agua viaja por kilómetros de tuberías para abastecer a la región, muchas de las quebradas que dieron origen a este territorio sobreviven hoy degradadas u olvidadas.
Sin embargo, tampoco se conocen con claridad acciones visibles del Acueducto Metropolitano de Bucaramanga que evidencien una contribución sostenida a la preservación y recuperación de las fuentes hídricas dentro del territorio de Floridablanca. Tampoco es evidente una agenda articulada con la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga, autoridad ambiental del área. A simple vista, pareciera que ambas instituciones avanzan por caminos paralelos, cuando en realidad el agua debería ser su principal punto de encuentro. Del mismo modo, poco se sabe sobre una revisión o actualización de los títulos mineros que permiten la extracción de materiales en los cauces de la quebrada Zapamanga y del Río Frío, actividades que en varios sectores evidencian impactos ecológicos y han terminado convirtiéndose en espacios propicios para otras prácticas irregulares.
Mientras tanto, muchas de las quebradas que dieron origen al municipio sobreviven hoy convertidas en cloacas urbanas, en canales de aguas residuales o sepultadas bajo capas de concreto. En no pocos tramos, sus rondas hídricas han sido ocupadas por asentamientos humanos que descargan directamente sus aguas residuales sobre riachuelos y quebradas. La paradoja es evidente: la ciudad que nació del agua parece haber olvidado el valor de sus propias fuentes.
Defender el agua no puede seguir siendo una consigna selectiva ni un debate que aparezca solo cuando conviene. Para Floridablanca y para todo el entorno metropolitano debería ser un compromiso real con la historia y con el futuro de un territorio que durante décadas fue reconocido por la abundancia y calidad de sus fuentes hídricas. El crecimiento urbano, la industria y la expansión comercial de la región han dependido —y aún dependen— de ese patrimonio natural. Ignorarlo, degradarlo o administrarlo sin visión conjunta no solo contradice la historia del territorio, sino que compromete la sostenibilidad de las generaciones que habrán de habitarlo.
