Hace apenas unos días, la escena era otra. Un hombre entraba a Jerusalén montado en un burro, mientras una multitud extendía mantos y agitaba ramos a su paso. “¡Hosanna!”, gritaban. Lo recibían como rey, como salvador, como la respuesta esperada a años de sometimiento. En ese gesto colectivo había esperanza, pero también una expectativa concreta: la de un líder capaz de liberarlos del dominio romano. No era solo fe. Era también una idea de poder.
Pero la historia da un giro rápido. Demasiado rápido. El mismo que fue aclamado empieza a ser cuestionado. No lidera una rebelión, no confronta al imperio en los términos que muchos esperaban. Y cuando finalmente es capturado por las autoridades romanas, la ilusión se rompe. La expectativa de un libertador político se desvanece. Lo que sigue es conocido, pero no por eso menos inquietante.
Ante la pregunta de a quién liberar —a Jesús o a Barrabás— la multitud toma partido. Y elige. No por convicción profunda, sino, quizá, por decepción. Aquel en quien habían depositado sus esperanzas no respondió como esperaban. No cumplió el papel que le habían asignado. Entre una escena y otra no han pasado más que unos pocos días. Pero todo cambia.
El entusiasmo se disuelve. La multitud ya no aclama. La fe deja de ser un acto colectivo y se vuelve una pregunta incómoda. ¿En qué creemos cuando las cosas no salen como esperamos? ¿Qué pasa cuando aquello que parecía una certeza se transforma en duda? Es en ese tránsito —del ruido al silencio, de la expectativa a la incertidumbre— donde comienza a tomar forma uno de los momentos más significativos de la tradición cristiana: el Sermón de las Siete Palabras.
Más que una serie de frases, se trata de un relato que, año tras año, vuelve a ser leído desde el presente. No como un episodio lejano, sino como una narrativa que se resignifica con cada contexto, con cada generación, con cada sociedad que intenta entenderse a sí misma. Tal vez por eso sigue vigente. Porque no habla solo de un momento histórico, sino de algo más profundo: la fragilidad de las convicciones, la facilidad con la que cambian las certezas, y la necesidad de encontrar sentido incluso en medio de la contradicción.
Mañana, Ciudad Florida presentará una mirada distinta a ese momento. Una lectura desde la perspectiva periodística, en la que siete voces santandereanas interpretarán cada una de las palabras no como un relato del pasado, sino como preguntas abiertas sobre el presente. Será una invitación a detenerse, a pensar y a mirar de otra manera aquello que, incluso siglos después, sigue diciendo algo sobre quiénes somos.
En muchas casas santandereanas, el ramo del domingo permanece colgado, inmóvil, como testigo silencioso del paso de los días. Se seca, pierde color, se vuelve frágil. Pero no desaparece. Como la memoria.Como ese eco lejano de una multitud que un día gritó “¡Hosanna!” sin saber que el silencio estaba a la vuelta de la esquina.
