Martín Parra
En medio del ruido de la campaña presidencial, Colombia parece haber entrado en una lógica binaria que empobrece el debate y distorsiona la comprensión de lo que está en juego. La elección ha sido presentada —con insistencia— como una disyuntiva existencial: democracia o autoritarismo. Sin embargo, esa lectura, aunque eficaz en términos políticos, resulta insuficiente para explicar la complejidad del momento.
No es cierto, en términos estrictos, que el país esté al borde inmediato de una ruptura institucional. Colombia cuenta con un entramado de contrapesos —jurisdiccionales, legislativos y económicos— que no pueden ser desmontados con facilidad. Reducir la contienda a la inminencia de una deriva autoritaria no solo simplifica la realidad, sino que contribuye a degradar el debate público al terreno del miedo.
Pero tampoco sería honesto afirmar que no hay nada en juego. Lo hay, y mucho. Lo que esta elección define no es la existencia de la democracia, sino su orientación: sus límites, su profundidad y su capacidad de transformación.
En ese punto, la campaña revela una tensión de fondo. De un lado, una concepción de la democracia anclada en la estabilidad institucional, la defensa de los equilibrios de poder y la cautela frente a reformas estructurales. Del otro, una visión que privilegia la ampliación de derechos, la intervención estatal y la necesidad de acelerar cambios en una sociedad marcada por profundas desigualdades.
El problema es que esta discusión legítima ha sido desplazada por una estrategia política cada vez más evidente: la sustitución del argumento por la advertencia. En lugar de explicar por qué un proyecto es mejor, se insiste en por qué el otro sería catastrófico. No se construye una propuesta; se administra un temor.
En sectores de derecha, esto se ha traducido en una dinámica preocupante: más energía invertida en desdibujar al adversario que en ofrecer una narrativa propia de gobierno. Esa lógica no solo fragmenta internamente a ese espectro político, sino que termina reforzando el mismo escenario de polarización que dice combatir. El resultado es una campaña reactiva, atrapada en la negación del otro.
Las redes sociales, por su parte, han amplificado esta distorsión. Allí, el debate se reduce a consignas, etiquetas y advertencias maximalistas. La complejidad desaparece y es reemplazada por certezas absolutas: “si gana uno, se acaba el país; si gana el otro, se salva”. En ese entorno, la deliberación cede ante la emoción, y la emoción —particularmente el miedo— se convierte en el principal motor político.
El riesgo de este clima no es solo electoral. Es cultural. Una sociedad que se acostumbra a pensar la política en términos de amenaza permanente termina debilitando su propia capacidad de diálogo, de matiz y de construcción colectiva.
Por eso, la pregunta de fondo no es quién ganará la elección, sino bajo qué condiciones simbólicas lo hará. Si el resultado es producto de una ciudadanía movilizada por el miedo, el país habrá perdido una oportunidad de madurez democrática, incluso antes de conocer al próximo presidente.
Colombia no está decidiendo si tendrá o no democracia. Está decidiendo qué entiende por ella. Y esa es una discusión demasiado importante como para dejarla en manos de consignas, temores o simplificaciones interesadas.
Tal vez el verdadero desafío no sea elegir entre proyectos políticos, sino recuperar la capacidad de debatirlos con rigor. Porque, al final, una democracia no se mide solo por sus instituciones, sino por la calidad de la conversación pública que las sostiene.
