Carlos Saúl Arenas Duarte
Es la luna con su danza la que deshoja nuestros días, es el sol con su templanza el que nos hace gravitar entre los años. Pero en verdad, es el tiempo, ese preciado tesoro que posa en cada rincón de nuestra piel, quien nos hace sensibles a la eternidad, una eternidad de hoy con el recuerdo del ayer, una eternidad del mañana ante los ojos del hoy.
Jorge Carreño Pérez es una percepción de eternidad, es percepción de un presente en el avatar del arte de la plástica, es la percepción del valor agregado cultural dado en cada pincelada y en cada modelado que se dio desde su interior cuando apenas iniciaba la pubertad.

Jorge Carreño Pérez, artista florideño
Es el maestro, el pintor y escultor que logró apropiarse del alma del caracolí y la terracota imaginaria. Es el artista que divaga entre la figura humana y genera el modelo distorsionado dando cumplimiento al diálogo que existe en el interior del ser y la incógnita del infinito.
Maestro, no solo en su legado de casi 50 años, sino en el aporte y engrandecimiento a la identidad de una ciudad matriz, cantera del arte y sus cultores, de una Floridablanca ciudadana que ha luchado por ser independiente y libre de la toxina vulgar de la hipocresía y el menosprecio de sus gobernantes.

Una de la tantas obras de este artista florideño
Maestro, no solo por ser florideño sino por su origen humilde y familiar, por ser descendiente de un padre trabajador y una dama virtuosa, por ser el hermano y confidente, el amigo incondicional, por saber reír ante toda felicidad y alegría alcanzada y saber llorar ante la injusticia y la incomprensión. Maestro Carreño, es el modo más descriptivo para llamar a su vida y a su obra.
En la mente de muchos que hemos compartido su personalidad, sus alegorías y sus conceptualizados temas plasmados en sus producciones artísticas, nos han quedado los olores de los bosques de nuestra ciudad y sus áreas aledañas, el aroma y el crujir de las hojas secas, la robustez y la textura de los apliques y técnicas escultóricas y ante todo, ese espíritu libre enmarcado en unas botas de obrero y una braga de trabajo debajo de un gran mostacho que poco a poco se transfiguró y se fusionó con una gran y espesa barba blanca.
No es un adiós, compañero, es un hasta pronto mi amigo, queremos verlo nuevamente en su casa, en su estudio, frente al caballete, pincel en mano, tornasolando figuras ancestrales.
Maestro, el arte es vida, y falta hacen sus ideas artísticas moldeando esculturas del tiempo ido, tal vez, convertido en impronta de lucidez.
Al recordar el apelativo de su niñez permítame, para con el mayor de mis sentimientos, expresarle: ¡Fuerza caleñita! ¡El mundo del arte te necesita!
