La primera frase que, según los evangelios, pronunció Jesús en la cruz – “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”- no es solo una expresión de misericordia dicha hace más de dos mil años, es una radiografía de la condición humana. No suaviza la violencia ni trivializa el daño. Es una frase provocadora aún en nuestros días. Reconoce algo que muchos tardamos años en entender: la facilidad con la que el ser humano actúa desde la ceguera moral, desde la emoción desbordada y desde la ignorancia de sus propias consecuencias.
Esa ceguera no ha sido solo individual, ha sido colectiva. Hablar de perdón hoy, en un país como Colombia, no es un ejercicio espiritual abstracto. A diez años de la firma del Acuerdo de Paz de la Habana, el país sigue dividido no solo por lo que ocurrió durante el conflicto armado, sino por la manera en que decidimos transitar por ese territorio incierto de la memoria y la reconciliación.
El perdón no libera primero al otro, sino a quien lo otorga
Mientras la JEP ha abierto espacios para que antiguos actores armados reconozcan responsabilidades y aporten verdad, buena parte del debate público continúa atrapado en la lógica del odio, del castigo absoluto o la negación total. Eso, sumado a las fallas que han tenido los gobiernos después del 2016 para implementar efectivamente dicho acuerdo, han creado un camino lleno de obstáculos.
El hecho de que los excombatientes pidan perdón no repara lo irreparable, pero ofrece a las víctimas algo que el silencio nunca les dio: dignidad. Saber qué paso, dónde están los restos de los desaparecidos, saber quién dio las órdenes y quiénes las ejecutaron, no es un mero trámite judicial, es un acto de humanidad. La verdad, aunque dolorosa, tiene una capacidad extraña de liberar.
Porque somos como Jesús en la cruz: frágiles
El perdón no es olvido. No es debilidad. No es ingenuidad. Es una decisión y una forma exigente de amor propio, la de no permitir que el daño que nos causaron defina para siempre la forma en que habitamos el mundo. No significa renunciar a la justicia, sino impedir que el rencor se convierta en nuestra identidad.
Esta reflexión no la hago solo desde el plano de la crítica a la situación nacional, ya que recientemente viví una experiencia que me enfrentó a una verdad incómoda. A veces el mayor peso con el que cargamos son las culpas arrastradas durante años, los errores cometidos cuando no sabíamos hacerlo mejor y algunas personas maduramos después de fallar. La experiencia humana es en buena medida, una experiencia de ignorancia. Pues no nacemos sabiendo amar ni mucho menos sabiendo perdonar. No aprendemos a tiempo a gestionar el miedo, la rabia o el orgullo. Con lo que sí nacemos es con la capacidad de comprender y tener conciencia.
Porque somos como Jesús en la cruz: frágiles.
Muchas veces actuamos desde heridas no resueltas. Y aprender esto, casi siempre, se hace atravesando el dolor. El perdón no libera primero al otro, sino a quien lo otorga. Aferrarse al resentimiento produce una ilusión de superioridad moral que nos encadena. Jesús sintió en carne propia el dolor. Y aun así tuvo la capacidad de sentir compasión al reconocer que detrás de la violencia, solo está la ignorancia propia de nuestra naturaleza.
Hablar de perdón hoy, en un país como Colombia, no es un ejercicio espiritual abstracto
En un país herido como el nuestro, la rabia y el dolor se instrumentalizan como herramientas políticas. En cada elección millones de personas acuden a las urnas a votar con el estómago y no desde la reflexión de los argumentos. Las campañas se diseñan para activar emociones primarias, simplificando la realidad en bandos “irreconciliables”. Convierten al contradictor en un enemigo. Y ciertos discursos mediáticos son el combustible que amplifica la indignación.
El hecho de que los excombatientes pidan perdón no repara lo irreparable, pero ofrece a las víctimas algo que el silencio nunca les dio: dignidad
Quizás ahí radica el poder de la frase pronunciada en la cruz y esta Semana Santa podemos hacer una pausa para preguntarnos ¿desde dónde estamos decidiendo hablar de perdón hoy, en un país como Colombia, ¿desde la herida o desde la esperanza? ¿cómo exigir paz al Estado mientras en lo cotidiano cultivamos el odio? ¿acaso el odio no nos impide imaginar futuros distintos?
Encontrar en el perdón la oportunidad de mejorar nuestras vidas y nuestras comunidades no es un gesto sentimental, es una postura política y, a mi modo de verlo, un gesto revolucionario. Resignificar la memoria nos libera de estar atrapados en el pasado y nos permite vernos al espejo como lo que somos, seres imperfectos con la capacidad de amar y de construir la paz que todavía no llega a los territorios del país del Sagrado Corazón de Jesús.

