Martín Parra
En la casa del abuelo paterno no faltaban las armas de munición, las discusiones políticas, la victrola ni los instrumentos musicales. El tiple y la bandola convivían con la dureza de los años cuarenta, cuando Colombia ardía en plena guerra bipartidista. Era 1945 y, en ese contexto, la infancia transcurría entre el trabajo obligatorio, la escasez de escuela y una música que, para algunos, era apenas un sueño postergado.
Mi padre caminaba más de una hora para llegar a la única escuela rural en la vereda Helechales, de Floridablanca. Bajaba desde Guamales —entonces jurisdicción de este municipio— mientras otro niño subía desde Suratoque. Se llamaba Príncipe Barón Mantilla. Compartieron juegos de escondidas, venados y cazadores, y una temprana fascinación por la música. Pero sus destinos, aun cercanos, tomaron rumbos distintos.
Mientras mi padre debía ayudar sin descanso en los quehaceres del campo —mi abuelo no daba tregua—, Príncipe tuvo una fortuna decisiva: su padre, don Marcos Barón, era un notable ejecutante de bandola. Él mismo se encargó de enseñar a todos sus hijos: José, Alfonso, Expedito, Ángel María y Príncipe, el mayor. Allí, en el seno familiar, se forjó el músico.
Años después, ya en el casco urbano, mi padre supo que en La Voz Panamericana se presentaban músicos en vivo, en el radioteatro ubicado en un segundo piso de la esquina sur occidental del parque principal de Floridablanca, junto al teatro que funcionó durante varios años —hoy reemplazado por un asadero de pollo y una ampliación peatonal que borró aquel segundo piso—. Fue allí donde se reencontró con su amigo de infancia: Príncipe hacía parte del grupo musical que deleitaba a la audiencia radial.
Al final de la presentación, mi padre le hizo una pregunta sencilla que cambiaría muchas cosas:
—¿Eso de tocar guitarra es muy difícil?
Príncipe respondió con una frase que lo definiría toda la vida: “Todo el secreto está en la disciplina”. Y agregó, sin reservas: “Si quiere, vaya a la casa y yo le enseño”.
Ese fue Príncipe Barón Mantilla: un maestro desprendido, generoso con el conocimiento, convencido de que la música se comparte o no es nada.
Tiempo después, cuando mi padre notó que yo me inclinaba por la guitarra, me llevó a la casa del maestro, ubicada en la esquina de la calle 4 con carrera 11, en el casco antiguo de Floridablanca. Allí, en el patio, había un kiosco donde Príncipe dictaba sus clases. Con el paso de los años he llegado a una certeza íntima y firme: ese kiosco fue, probablemente, la primera escuela de música del municipio.
Príncipe seguía actuando con sus hermanos y, al mismo tiempo, formaba alumnos. Esa doble condición —músico activo y maestro permanente— marcaría toda su vida. Más tarde, cuando mi padre ingresó como funcionario de la Empresa Licorera de Santander, surgió la posibilidad de proponer clases de música para empleados y sus hijos. El nombre fue uno solo y llegó por méritos propios: Príncipe Barón Mantilla. Dejamos el kiosco y continuamos en un salón de la empresa.
Un día, mientras avanzábamos en el proceso, me dijo con naturalidad:
—Ya hay manera de armar la estudiantina, pero necesito alguien que toque tiple. ¿Por qué no se le mide? Yo le presto uno mientras compra el suyo.
Así nació no solo la Estudiantina de la Empresa Licorera de Santander, sino también un trío junto a Eduardo Colmenares. Para entonces, el grupo de los hermanos Barón ya se había disuelto, pero Príncipe seguía multiplicándose en otros procesos.


En paralelo, Cajasan abrió talleres de música en su centro de capacitación de La Concordia, en Bucaramanga. Príncipe fue contratado y allí volvimos a encontrarnos mi padre y yo. Siempre me insistió en algo que hoy entiendo con claridad: tenía talento, sí, pero sin estudio no hay música que perdure. Esa fue una de sus grandes lecciones, junto a muchas otras extraordinarias.
Cuando la estudiantina de la Licorera se consolidó, su nombre empezó a circular con fuerza. Su prestigio llegó a oídos de funcionarios de Transejes, quienes lo convocaron para repetir el proceso. Cumplió, una vez más, con excelencia. Así nació la Estudiantina Transejes. Su vocación de maestro lo llevó a formar musicalmente a centenares de personas y a liderar múltiples procesos en empresas y entidades de Santander.
Con él conformé el Trío —luego Cuarteto— Armonía y el grupo Los Pueblerinos, con quienes actuamos durante varios años en Pueblo Arrecho. Dimos centenares de serenatas. En una de ellas conocí a quien hoy es mi esposa. Por eso, cuando llegó el momento, no dudé en pedirle que fuera mi padrino de matrimonio.

Por asuntos de salud, Príncipe se trasladó a Cota, Cundinamarca. Allí, alrededor del Festival de Carranga, volvimos a vernos varias veces. Nunca dejó su guitarra. Aunque dominaba tiple, bandola, cuatro y otros instrumentos, la guitarra fue siempre su refugio. Era aplomado, sereno, estudioso. Extremadamente disciplinado para los ensayos.
Esa coherencia lo llevó, incluso en la madurez, a tomar una decisión reveladora: ingresar al Conservatorio Departamental de Música para seguir estudiando. Años después, el conservatorio se convirtió en la Dirección Artística de Santander (DICAS), allí fue profesor de guitarra. Admirador profundo de Andrés Segovia y de los hermanos Martínez, se sentía especialmente orgulloso de que yo hubiera integrado otras agrupaciones, entre ellas Los Muchos. Recuerdo con nitidez la felicidad que le produjo la primera producción discográfica del grupo.
Fue también un gran padre. Siempre tuvo la palabra justa, dicha en el momento oportuno. A cada uno de sus hijos compuso una obra musical.
Su trayectoria profesional lo llevó a formar parte de más de veinte empresas santandereanas, donde fundó y dirigió agrupaciones como el Grupo Musical Nacional de Cigarrillos, Grupo Musical Purina, Grupo Musical Saceites, la Estudiantina de la Empresa Licorera de Santander y la Estudiantina Transejes. Fue director del Grupo Musical Codiesel, de la Tuna de Juegos Pirotécnicos Mariposa, fundador del grupo musical del Albergue Padre Carlos Gutiérrez, director musical de las Tardecitas Navideñas de La Voz Panamericana, profesor en el Centro de Capacitación Cajasan y maestro de innumerables alumnos, a quienes formó con rigor, paciencia y amor por la música.
Hace apenas algunos meses, Príncipe Barón Mantilla sintió la necesidad de volver a la tierra que lo vio nacer. Regresó a Floridablanca y caminó sus calles, hoy profundamente transformadas. Buscó a sus amigos más cercanos: algunos ya no estaban, otros atravesaban difíciles condiciones de salud. Aun así, era notoria su felicidad de estar de nuevo en su pueblo natal.
Ayer primero de enero compartió el almuerzo con todos sus hijos, Amparo, Marcos, Oscar Yesid y María Patricia. Al caer la tarde, le dijo a uno de ellos que quería regresar temprano a su apartamento, pero antes pasar por el parque. Tomó de la mano a su esposa, Cecilia —compañera fiel, quien siempre lo amó, lo acompañó y acolitó su vida musical— y juntos tomaron la vereda que desde Abadías, por la carrera Octava, conduce al parque principal.
Se le veía feliz. Pasearon los dos por el parque, ese mismo parque que fue escenario de sus años de gloria musical, de encuentros y recuerdos. Al cabo de un rato regresaron a su apartamento, ubicado cerca a la alcaldía. Príncipe se recostó a ver televisión y, hacia las ocho de la noche, un infarto fulminante apagó su vida. Aunque fue trasladado con presteza al Hospital Internacional, ya no había nada por hacer.

Como quien cierra un círculo, vino a morir en su tierra. Se despidió, sin saberlo, caminando por última vez el parque que tantas memorias le regaló.
Hoy, cuando su partida enluta a Floridablanca y a la música santandereana, queda su legado: generaciones que aprendieron a tocar, pero sobre todo a escuchar, a estudiar, a ser disciplinados y generosos.
Tal vez, desde algún lugar, el maestro Príncipe Barón Mantilla siga afinando su guitarra. Y tal vez, como siempre, esté esperando a que alguien se acerque y le pregunte si es muy difícil aprender. Seguramente volverá a responder lo mismo: que todo está en la disciplina. Y en el amor por lo que se enseña.
El Periódico Ciudad Florida, expresa su más profundo sentir de solidaridad y acompañamiento a su esposa, hijos e hijas, demás familiares y amigos.

