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#QUINTA PALABRA. “Tengo sed: cuando el clamor humano pide agua… y recibe vinagre”

Redacción Ciudad Florida 04/03/2026

Quinta Palabra: “Tengo Sed

Daniel Sandoval

En medio del dolor más extremo, cuando el cuerpo ya no resiste y el alma parece desvanecerse, una frase sencilla, profundamente humana, atraviesa la historia hasta nuestros días: “Tzme’a ana”, “Tengo sed”.

Esta quinta palabra pronunciada por Jesucristo en la cruz no es solo un lamento físico; es un grito que resume la fragilidad del ser humano, su necesidad y su límite. Pero también es, quizás, una denuncia silenciosa: la de un mundo que muchas veces responde al sufrimiento con indiferencia o, peor aún, con dureza, que a su vez engendra resentimiento, inconformidad y más violencia. Por eso, en esta Semana Santa, la invitación es a mirar y abordar esa expresión desde nuestra realidad cotidiana y con un espectro concéntrico: desde la familia, la cuadra, el barrio, la ciudad, el departamento, la nación. Iniciemos por preguntarnos con honestidad: ¿cuántas veces hemos tenido sed… y cuántas veces hemos ofrecido vinagre en lugar de agua?

Tener sed es, en esencia, una de las experiencias más universales que existen. No distingue edades, clases sociales ni culturas. Es un impulso básico, casi primitivo, que nos recuerda que somos cuerpo, que somos vulnerables y que necesitamos de otros. Cuando alguien dice “tengo sed”, no está pidiendo lujo ni exceso; está reclamando lo mínimo indispensable para seguir viviendo. En ese sentido, la frase de Jesucristo en la cruz lo acerca profundamente al ser humano común y corriente. No habla desde lo divino, sino desde la carne herida, desde la debilidad compartida.

¿Cuántas veces hemos tenido sed… y cuántas veces hemos ofrecido vinagre en lugar de agua?

Sin embargo, la sed de la que hablamos no es únicamente física. En nuestro tiempo abundan otras formas de sed: sed de justicia, de oportunidades, de comprensión, de afecto. En Colombia, por ejemplo, muchas comunidades viven una sed constante de dignidad, como las familias desplazadas que llegan a las ciudades con lo poco que pudieron llevar en las manos, que salieron forzadas de sus hogares y que hoy deambulan en busca de agua y alimento, pero también de una mano que las acoja, que las socorra, que les muestre una salida de su laberinto.

Pero, acercando un poco más la lente, enfoquemos a tantos jóvenes florideños que, allí mismo en sus barrios, crecen con la sed de un futuro distinto, en medio de puertas cerradas, prejuicios y abandono institucional; a tantas personas con discapacidad, abandonadas a su suerte, sin un techo digno, sin alimento, sin atención en salud, relegadas por su familia, por sus vecinos, por el Estado; a tantas víctimas de la drogadicción que, aun anhelando liberarse de ese yugo, exclaman “tengo sed”, sed de una luz al final del túnel.

Estas realidades se nos presentan a dos mil años de distancia del episodio bíblico en el que a Jesucristo le acercan una esponja con vinagre y, sin embargo, ese acontecimiento, aunque intrascendente para muchos, jamás ha perdido su validez, su simbolismo profundo y su aplicabilidad. En esencia, visibiliza y cuestiona la insensibilidad humana que, en lugar de aliviar el sufrimiento, entrega algo que, lejos de ayudar, intensifica el dolor de quien está en dificultad. Así, la pregunta que surge es inevitable: ¿somos conscientes de las muchas ocasiones en que nosotros también ofrecemos vinagre a nuestros semejantes en forma de indiferencia, prejuicio o desdén?

Cuando alguien dice “tengo sed”, no está pidiendo lujo ni exceso; está reclamando lo mínimo indispensable para seguir viviendo

Sería conveniente reconocer que, en Santander, una región caracterizada por su fortaleza y carácter, también enfrentamos estos dilemas. La cultura del “cada quien se defiende como puede” ha fortalecido la resiliencia, sí, pero también ha generado cierta distancia emocional entre las personas, incluso dentro del mismo círculo familiar. No es raro escuchar frases como “ese no es problema mío” o “que resuelva como pueda”. Sin darnos cuenta, vamos normalizando la falta de empatía, y así la sed de muchos se vuelve invisible, cotidiana.

Pero también hay historias que nos devuelven la esperanza. Durante la pandemia, por ejemplo, surgieron múltiples iniciativas solidarias en Bucaramanga y su área metropolitana, cuando vimos a tantos vecinos organizar ollas comunitarias, jóvenes recoger mercados para familias vulnerables, iglesias y fundaciones abrir sus puertas para ofrecer no solo alimentos, sino también escucha y acompañamiento. En esos momentos, el agua sí llegó. Y no solo calmó la sed física, sino también la espiritual.

El hilo conductor de esta reflexión es claro: tener sed es propio del ser humano, pero acudir en auxilio del sediento es lo que verdaderamente nos define como sociedad. No basta con reconocer la necesidad; es necesario responder a ella con humanidad. Y esa respuesta no siempre implica grandes acciones. A veces, el agua que otro necesita puede ser una conversación sincera, un gesto de respeto, una oportunidad laboral o una palabra de aliento.

En Floridablanca, por ejemplo, muchos adultos mayores viven en soledad. Sus hijos han migrado o están ocupados en sus propias luchas. Su sed no es de agua, sino de compañía. ¿Cuántas veces pasamos junto a ellos sin detenernos? ¿Cuántas veces preferimos el silencio incómodo antes que una conversación? Allí también se juega esta metáfora: podemos ofrecer agua en forma de tiempo y atención, o vinagre en forma de indiferencia.

La sed de la que hablamos no es únicamente física. En nuestro tiempo abundan otras formas de sed: sed de justicia, de oportunidades, de comprensión, de afecto

Otro ejemplo se encuentra en el ámbito educativo. Muchos niños y jóvenes en Santander enfrentan dificultades económicas, familiares o emocionales que afectan su rendimiento escolar. Cuando un estudiante no cumple con sus responsabilidades, la respuesta suele ser el castigo o la etiqueta: “perezoso”, “problemático”, “irresponsable”. Pero pocas veces nos preguntamos qué hay detrás de ese comportamiento. Tal vez ese joven tiene sed de apoyo, de orientación, de alguien que crea en él. Si, en lugar de comprenderlo, lo juzgamos, estamos repitiendo el gesto del vinagre, sin recordar que, en algún pasaje de la vida, todos sin excepción, hemos sentido en carne propia la debilidad, la confusión, la incertidumbre, la desesperanza o la tristeza.

Como seres limitados, vulnerables, acudimos a otros esperando comprensión, y no siempre la encontramos, asumiendo las críticas, el sarcasmo o el desinterés como una de cambio que circulamos una y otra vez, dando lugar a una cadena interminable.

Por eso, es importante reconocer que ofrecer “vinagre” no siempre es un acto consciente o malintencionado. Muchas veces surge del cansancio, del estrés o de nuestras propias heridas. Una persona que no ha sido escuchada difícilmente sabrá escuchar; alguien que ha recibido rechazo puede replicarlo sin darse cuenta. Esta introspección busca, más que encontrar y señalar culpables, generar una conciencia sincera y permanente, una nueva conducta social y políticamente conveniente, partiendo de que todos, en algún momento, hemos tenido sed. Y todos, en algún momento, hemos ofrecido vinagre.

La invitación, entonces, es a romper ese ciclo. A detenernos un momento antes de responder, antes de actuar, antes de juzgar. A preguntarnos: ¿esto que voy a decir o hacer calma la sed del otro o la aumenta? Es una pregunta sencilla, pero poderosa, capaz de transformar nuestras interacciones, nuestras comunidades y nuestra manera de vivir.

Tener sed es propio del ser humano, pero acudir en auxilio del sediento es lo que verdaderamente nos define como sociedad

En el contexto actual de Colombia, donde persisten desafíos sociales, económicos y políticos, esta reflexión cobra aún más relevancia. La polarización, la desconfianza y la desigualdad han incubado múltiples formas de sed colectiva: sed de paz, de justicia, de oportunidades. Y frente a esas necesidades, como sociedad, tenemos la responsabilidad de responder con solidaridad, no con indiferencia.

En nuestro entorno más próximo, esto se traduce en acciones concretas: apoyar iniciativas comunitarias, fomentar la empatía en las familias y en las escuelas, fortalecer los lazos vecinales, escuchar más y juzgar menos. No se trata de grandes discursos, sino de pequeños gestos que, sumados, pueden generar un cambio significativo.

Al final, la frase “Tengo sed” sigue resonando hoy, no solo como un recuerdo histórico o religioso, sino como un llamado vigente. Es la voz de quienes sufren, de quienes esperan, de quienes necesitan. Y también es una invitación a mirarnos a nosotros mismos: ¿qué tipo de respuesta estamos dando?

Una persona que no ha sido escuchada difícilmente sabrá escuchar; alguien que ha recibido rechazo puede replicarlo sin darse cuenta

Como consideración final, vale la pena detenernos un instante y pensar en nuestro entorno inmediato, donde seguramente encontraremos a alguien que tenga sed. Tal vez no lo diga en voz alta, pero lo expresa en su comportamiento, en su mirada o en su silencio. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocerlo y a actuar en consecuencia.

Porque, en última instancia, la verdadera humanidad no se mide por nuestra capacidad de sentir sed, sino por nuestra disposición a calmar la sed del otro. Y, en un mundo donde muchas veces abunda el vinagre, elegir ofrecer agua —en forma de solidaridad, afecto y apoyo— es un acto profundamente transformador.

Que esta reflexión no se quede en palabras, sino que se convierta en acción. Que, en Colombia, en Santander y en Floridablanca, podamos ser una sociedad que no solo reconoce la sed, sino que responde a ella con generosidad. Porque allí, en ese gesto sencillo pero poderoso, se construye un mundo más justo, más equitativo, más tranquilo, más humano.

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Tags: daniel sandoval semana mayor semana santa semana santa area metropolitana bucaramanga

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