Martín Parra, periodista y gestor de contenidos digitales
En la historia de Colombia, pocas ciudades encarnan con tanta fuerza el mestizaje cultural, la memoria de los pueblos indígenas y la permanencia de una identidad caribeña como Santa Marta, que hoy conmemora 500 años de existencia desde su fundación el 29 de julio de 1525 por el adelantado Rodrigo de Bastidas. Medio milenio después, esta ciudad erguida entre el mar Caribe y la Sierra Nevada celebra su legado como la más antigua del país aún en pie y uno de los principales patrimonios históricos y naturales del continente.
Esta efeméride no es solo una celebración local. Es un acontecimiento nacional que invita a reconocer el valor patrimonial de una ciudad que ha sobrevivido a la piratería, a las guerras, a la explotación bananera, al olvido institucional, y que hoy emerge con una renovada vocación cultural, turística y ambiental.
Saludamos con afecto a todos los samarios residentes en Santander, portadores de una identidad fuerte, resiliente y orgullosa de sus raíces. Su presencia en esta región también ha contribuido a enriquecer la diversidad social y cultural del oriente colombiano.

Una ciudad con alma ancestral
Antes de la llegada de los conquistadores, Santa Marta ya era un territorio habitado por los Tairona, una de las civilizaciones más desarrolladas del continente. Sus descendientes —Kogui, Wiwa, Arhuaco y Kankuamo— siguen resguardando, desde las cumbres de la Sierra Nevada, la espiritualidad y sabiduría de sus ancestros. El concepto del «corazón del mundo», con el que estos pueblos describen su territorio, ha sido adoptado como símbolo profundo de esta conmemoración.
La historia de Santa Marta está también marcada por el encuentro y el conflicto. A lo largo de los siglos XVI y XVII, fue blanco de múltiples ataques piratas y punto de partida de expediciones colonizadoras. Sin embargo, su papel no fue protagónico en el virreinato, lo que le permitió conservar cierta autenticidad arquitectónica y una vocación más íntima que mercantil.
Bolívar, la Sierra y la bananera
En Santa Marta ocurrió uno de los episodios más simbólicos de la historia continental: la muerte de Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, hoy convertida en santuario patrimonial y museo de memoria latinoamericana.
A finales del siglo XIX, la región vivió el auge de la bonanza bananera, que si bien trajo desarrollo e infraestructura (como el ferrocarril al Magdalena), también dejó huellas de desigualdad, explotación laboral y represión. La Matanza de las Bananeras, ocurrida en 1928, sigue siendo uno de los capítulos más oscuros de la historia obrera en Colombia.

Patrimonio vivo y biodiversidad sin igual
El patrimonio de Santa Marta no está solo en sus edificios coloniales —como la Catedral Basílica, considerada la más antigua de Suramérica— ni en sus calles del centro histórico. Está también en sus barrios populares, en su cocina criolla, en su música de tamboras, en la vida cotidiana de los pescadores de Taganga, en los senderos del Parque Tayrona, en la arena ardiente del Rodadero, en la niebla que envuelve a Ciudad Perdida, en el murmullo de los arroyos de la Sierra.
Hoy, Santa Marta es también símbolo de la lucha por un desarrollo sostenible. El equilibrio entre la protección ambiental, la inclusión social y el turismo responsable es uno de los mayores desafíos que enfrenta de cara al futuro.
500 años y una promesa de futuro
La celebración de este quincentenario —que inició el pasado 23 de julio con la Fiesta del Mar, cumbres internacionales, encuentros culturales y rituales indígenas— no es solo una mirada al pasado, sino una apuesta hacia el porvenir. Es un llamado a valorar el patrimonio natural y cultural, a aprender del ejemplo de los pueblos originarios, y a construir una ciudad más justa y sostenible.
Desde Bucaramanga, reiteramos nuestro saludo fraternal a todos los samarios que llevan en el alma el azul de su bahía y la brisa del Morro, y que desde esta tierra santandereana siguen honrando sus raíces. Que estos 500 años sirvan como puente entre la memoria y la esperanza.
¡Feliz cumpleaños, Santa Marta del alma!
