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#SÉPTIMA PALABRA. Colombia, un país que corre tras la esperanza  

Redacción Ciudad Florida 04/03/2026

Séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”

Misael Salazar

En el monte del Calvario, con la inmensa soledad que acompaña a los condenados y crucificados, Jesucristo sabe que solo le quedan muy pocos destellos de vida.

En aquel suplicio largo del viernes santo, le había pedido al Padre que perdonara a sus verdugos. Escuchó al malhechor arrepentido pedir clemencia y de inmediato le concedió el perdón: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

Le asignó a la Madre el papel protagónico como protectora de la humanidad, reconoció que todo estaba concluido, sintió la enorme necesidad del agua que acosa a los moribundos desangrados y supo, como humano, lo que significa sentirse abandonado y desprotegido.

Sabiendo que la muerte era lo más seguro que tenía en aquel instante, Jesús, con las escasas fuerzas que le quedaban, acudió al Padre y buscó refugio en la esperanza

Fue entonces cuando pronunció la séptima y última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.     

Sabiendo que la muerte era lo más seguro que tenía en aquel instante, Jesús, con las escasas fuerzas que le quedaban, acudió al Padre y buscó refugio en la esperanza.

No era la entrega total y absoluta del moribundo, que admite la finitud del Ser. Todo lo contrario. Dejó en manos de Dios la posibilidad de otra oportunidad, terrenal o divina. Al poner en manos del Padre su espíritu, Jesús acude a la esperanza de lo que pueda sucederle, pero es Dios quien tiene, ahora sí, la última palabra.

Esa, la esperanza que Jesucristo colocó en manos del Padre, es la esperanza de 50 millones de colombianos, en las puertas de una elección presidencial que se repite cada cuatro años, pero que aporta muy pocas soluciones a una sociedad sedienta de oportunidades de trabajo, estudio, salud y tolerancia.

La clase política colombiana, actuando como Pilatos, desoye a la mitad de los votantes del país, que, desilusionados, optan por no acudir a las urnas como forma de protesta contra quienes no escuchan sus clamores.

La esperanza que Jesucristo colocó en manos del Padre, es la esperanza de 50 millones de colombianos, en las puertas de una elección presidencial

La esperanza que Jesucristo colocó en manos del Padre, es la esperanza de 2 millones de jóvenes colombianos que se hallan fuera del sistema educativo y el mercado laboral, sin que consigan respuesta de parte de quienes durante años han gobernado el país, más pensando en sus bolsillos y privilegios, que en la necesidad de sus gobernados. Cualquier sociedad debería sentirse frustrada, cuando sepa que 24 de cada 100 jóvenes que habitan en las 13 principales ciudades, no tienen oportunidad de estudio ni trabajo y terminan engrosando las cifras de la economía informal, que en Colombia son muy elevadas, casi vergonzosas. En muchos casos, estos jóvenes sin futuro, van a parar en los terrenos movedizos de la delincuencia.

La esperanza que Jesucristro puso en el Padre, es la esperanza que durante muchos años tienen las mujeres colombianas que, en un altísimo porcentaje (55%), han tenido que encargarse de la responsabilidad de sus hogares. Ellas, que ven frustradas sus oportunidades de capacitación y desarrollo individual porque apenas tienen tiempo para el trabajo y su hogar, esperan que los congresistas y el gobierno legislen y adopten políticas que mejoren su condición de madres cabeza de hogar. Pero ven pasar la semana santa, ven pasar viacrucis tras viacrucis, ven transcurrir los años y solo tienen la oportunidad de continuar persiguiendo la esperanza.

Se nos iría la semana santa y llegaríamos al domingo de pascua mostrando las cifras de una sociedad con aterradores índices de desigualdad

Esperanza. Eso es lo único que tienen 16 millones de colombianos que se hallan en la línea de la pobreza monetaria, es decir, en aquella donde el dinero que les ingresa no les alcanza para cubrir las mínimas necesidades.

El presidente actual, Gustavo Petro, celebró el año pasado que la pobreza monetaria se había reducido en su gobierno casi tres puntos porcentuales, pero sabe que se necesita una política continua, permanente, consecuente con el compromiso de otorgarle a estos 16 millones de colombianos oportunidades de vida más dignas y más justas.

Esperanza. Eso es lo que tienen en abundancia la mitad de los niños colombianos que ingresan a la primaria y abandonan el sistema educativo antes de que concluyan el grado 11. Es la misma esperanza que tienen sus padres, frustrados porque sus hijos no alcanzan a obtener la mínima capacitación para ingresar a la universidad o para optar por una plaza de trabajo en un mercado cada día más competitivo.

 Se nos iría la semana santa y llegaríamos al domingo de pascua mostrando las cifras de una sociedad con aterradores índices de desigualdad.

Deberíamos tener la esperanza de que, tratándose de una época electoral, a escasos dos meses de la primera vuelta presidencial, estos señalados asuntos vitales formaran parte de la agenda de los candidatos a la presidencia de la República y sus respectivas colectividades políticas.

Lamentablemente no es así.  Cincuenta millones de colombianos asistimos a un debate electoral estéril, pueril, ofensivo, amenazante y eunuco intelectualmente.

Pendientes de si el presidente o uno de sus ministros se equivoca, atentos a si Donald Trump amenaza a Colombia y a su mandatario de turno, esperando que un avión se caiga para atizar el debate y la polémica, los candidatos presidenciales acuden más a un circo que a una confrontación sana donde expongan sus ideas y propuestas para unos votantes ávidos de respuestas a sus necesidades diarias.

Cincuenta millones de colombianos asistimos a un debate electoral estéril, pueril, ofensivo, amenazante y eunuco intelectualmente

En la jungla política colombiana, pareciera más apetecible la gritería, el insulto, la ofensa, el resbalón del otro. En esto los políticos colombianos se parecen bastante a los seguidores de Pilatos, que nunca escucharon las razones de Jesucristo. Lo de ellos era el juicio apresurado, la sentencia, la crucifixión, la muerte del Salvador.

En Colombia lo menos que importa son los votantes, es decir, los colombianos, que, como Jesús, terminan crucificados, sin ser escuchados, sin ver resueltas sus necesidades elementales.

Solo que, al menos en el caso de Jesús, la esperanza puesta en el Padre tuvo como respuesta la Resurrección.

Ese proceso de resurrección queda pendiente para los colombianos, pero no lo vamos a resolver en la gallera, ni con gritos, ni con amenazas entre los candidatos presidenciales, ni pensando en las encuestas. Lo vamos a resolver con propuestas, con debates de altura, sin la piedra y sin la bala. Lo vamos a resolver con el corazón y el alma puesto en el sentir de 50 millones de colombianos.

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Tags: semana mayor semana santa sermon de las siete palabras

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