En lo público y lo cotidiano, cerrar un ciclo se ha vuelto más difícil que sostener lo que ya terminó.
Martín Parra
Hay cosas que no se terminan cuando deberían.
Obras que se alargan más allá de los plazos anunciados, decisiones que se aplazan indefinidamente, procesos comunitarios que pierden fuerza hasta diluirse, relaciones que continúan incluso cuando ya no tienen sentido. En el área metropolitana de Bucaramanga, esa sensación de lo inconcluso no es una excepción: es, cada vez más, una constante.
Vivimos en una especie de tiempo suspendido, donde cerrar un ciclo parece más difícil que sostener lo que ya está roto.
“Todo está consumado”.
Vivimos en una especie de tiempo suspendido, donde cerrar un ciclo parece más difícil que sostener lo que ya está roto.
La frase irrumpe como una idea incómoda en medio de esa lógica. No como un anuncio de derrota, sino como la afirmación de un cierre. Como la capacidad —poco frecuente— de reconocer que algo llegó hasta donde podía llegar.
Pero en la práctica cotidiana, esa claridad escasea.
Basta mirar el entorno más cercano. Proyectos públicos que se anuncian con entusiasmo y se ejecutan a medias, intervenciones urbanas que se prolongan sin una fecha clara de finalización, promesas institucionales que se reformulan sin que nunca se evalúe realmente su cumplimiento. Todo sigue en marcha, pero pocas cosas terminan de cerrarse.
En lo comunitario ocurre algo similar. Procesos que nacen con fuerza, que convocan, que generan expectativa, pero que con el tiempo se desgastan sin que nadie asuma su cierre. No hay un momento claro en el que se diga: hasta aquí. Simplemente dejan de pasar cosas.
Y en lo personal, la lógica no es distinta. Relaciones que se sostienen por inercia, decisiones que se postergan, etapas que se prolongan más de lo necesario. No porque haya razones profundas para continuar, sino porque cerrar implica asumir algo que no siempre estamos dispuestos a enfrentar.
¿Por qué nos cuesta tanto terminar?
Tal vez porque cerrar no es solo poner un punto final. Es reconocer límites. Es aceptar que algo no funcionó como se esperaba, o que simplemente cumplió su ciclo. Es asumir que no todo es permanente, y que insistir más allá de cierto punto no necesariamente es persistencia, sino negación.
Y en lo personal, la lógica no es distinta. Relaciones que se sostienen por inercia, decisiones que se postergan, etapas que se prolongan más de lo necesario.
En una cultura que valora la continuidad, la permanencia y la idea de “seguir adelante” a cualquier costo, el cierre suele interpretarse como fracaso. Pero no siempre lo es.
A veces, terminar a tiempo es una forma de lucidez.
La sexta palabra plantea precisamente eso: la posibilidad de asumir un proceso completo. No quedarse en el intento, no prolongar indefinidamente, no evitar el momento final. Llegar hasta donde se podía y decirlo con claridad.
Sin embargo, en la vida pública y privada, esa capacidad parece cada vez más escasa. Se prefiere mantener lo abierto, lo indefinido, lo que aún “puede pasar”, aunque en el fondo ya no esté pasando nada. Como esas conversaciones que quedan en visto —algo que ocurre con frecuencia en quienes administran lo público y en muchos liderazgos políticos—, sin respuesta, suspendidas en una especie de silencio que también es una forma de cierre, aunque nadie lo diga.
El problema es que lo que no se cierra, se acumula.
Se acumulan los proyectos inconclusos, las decisiones aplazadas, los procesos sin evaluación. Y en esa acumulación, se pierde algo esencial: la posibilidad de entender.
Porque solo lo que se da por terminado puede revisarse. Solo lo que se cierra permite hacer balance, corregir, aprender. Lo demás es repetición.
En una región donde las dinámicas urbanas, políticas y sociales cambian con rapidez, aprender a cerrar debería ser también una forma de avanzar. No como renuncia, sino como parte del proceso. No como derrota, sino como reconocimiento.
Porque solo lo que se da por terminado puede revisarse. Solo lo que se cierra permite hacer balance, corregir, aprender. Lo demás es repetición.
Tal vez el problema no es que las cosas se acaben. El problema es que, aun sabiendo que ya terminaron, no sabemos decirlo.

