Un penalti funesto. (Crónica dedicada al gran Américo Montanini)

Américo Montanini

***Esta crónica fue publicada originalmente en La Parrilla, columna de opinión del periodista Alfonso Pineda Chaparro. Con su autorización la publicamos en espacio aparte, dada la calidad periodística. Ciudad Florida la asume como su homenaje al gran Américo Montanini.

Por Julio Enrique Avellaneda Lamus

En el partido de la vida, el destino, arbitro de todo, pitó ayer para la multitudinaria tribuna de sus admiradores, un penalti que deja a la ciudad aliquebrada: la muerte de Américo Montanini, aquel rioplatense que, con su bonhomía y su talento, pisara hace ya largos años este suelo para hacerse por siempre al cariño de todos los que amamos el verde amarillo de nuestra bandera bumanguesa.

Quiso la providencia mostrarle la tarjeta de color angelical y decidió incorporarlo al equipo celestial para que continúe allí jugando, en el campeonato de la eternidad. Se nos fue un genial futbolista, un ídolo como el que más, símbolo del campeón que a mi generación moldeó.

Nadie como él concitó tanto talento y dejó en la niñez de los años sesenta tan gratas e inolvidables emociones, pues, como anotara el presidente Allende, “la alegría se llama gol”, esos que Américo José nos regalara en demasía. Con sus destrezas y habilidades, “La Bordadora”, como cariñosamente lo llamara la fanaticada para reconocerle el arte insuperable de tejer el balón con la magia de sus piernas y la primorosa creatividad de una inteligencia futbolística sin par, grabó en nuestras mentes y corazones infantiles recuerdos cada vez más frecuentes en quienes amamos el fútbol.

Montanini nos ha legado reminiscencias que ya sentimos con nostalgia por el paso del tiempo, pero, por, sobre todo, nos deja la grata e insuperable huella del afecto y compromiso deportivo por la camiseta de sus amores, la del amado Atlético Bucaramanga, causa a la que entregó lo mejor de sí, abrigando infinitamente la ilusión de la estrella que infortunadamente la vida no le permitió abrazar.

Admiramos siempre en él su exquisito don de gentes, su alegría y optimismo, el verbo siempre jocoso, virtudes todas que contribuyeron a hacerlo un caballero inigualable, de aquellos con que quisiéramos que la tertulia fuera inacabable.

No nos cabe duda que el fútbol es un arte de alto impacto social, y Américo fue un maravilloso actor de ello: su deslumbrante maestría de jugador nos unió a los bumangueses en el escenario del estadio sin distingos de clases o prejuicios culturales; todos al unísono coreamos sus goles y aplaudimos incesantemente la magia de su fútbol. Américo se hizo un símbolo incontenible e inagotable de la comunidad búcara y su ejemplo de solidaridad, fortaleza, perseverancia y amistad en la cancha, trascendió entre quienes, como nosotros, tuvimos la inconmensurable suerte de verlo jugar.

Montanini ha muerto y el duelo es en todas las canchas: la de su amado River, en su natal Buenos Aires, las de Colombia entera y en el estadio departamental de la ciudad de sus querencias, que sabrá guardar el eco de sus inolvidables goles.

A todos sus familiares nuestra voz de condolencia; Américo ya no está entre nosotros, pero seguramente, de manera lenta, como el balón, asciende a los cielos y desde allá percibirá que las graderías que dejó, siguen llenas de afecto.

Paz en su nueva cancha, admirado Montanini.

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