Bucaramanga, Santander. En los últimos años, Bucaramanga y su Área Metropolitana han sido testigos del impacto social, económico y cultural de la llegada de miles de migrantes venezolanos. Este fenómeno, que se intensificó desde 2015, ha planteado desafíos, pero también ha mostrado ejemplos inspiradores de resiliencia, integración y convivencia.
Un nuevo comienzo en una ciudad pujante
Para muchos migrantes, Bucaramanga representa una oportunidad de empezar de nuevo. Según datos de la Alcaldía y organizaciones internacionales como la OIM, cerca de 90.000 venezolanos residen actualmente en el área. Algunos trabajan como comerciantes informales, mientras otros han encontrado su lugar en sectores como la construcción, la gastronomía y el emprendimiento.
Una de esas historias es la de Yolanda Contreras, quien llegó hace tres años con sus dos hijos. “Llegué con una maleta y muchas ganas de salir adelante. Ahora tengo un pequeño puesto de empanadas venezolanas en el barrio Cabecera. Al principio fue difícil, pero la gente aquí es amable y me han apoyado”, cuenta emocionada.

El impacto económico y cultural
La influencia de la migración se siente en los mercados, restaurantes y espacios públicos. Platos típicos venezolanos, como las arepas y los tequeños, han encontrado un espacio en el paladar de los bumangueses. Además, se han fortalecido proyectos colaborativos entre colombianos y venezolanos, como el bazar “Sabores Sin Fronteras”, que promueve la cultura gastronómica de ambos países.
Por otro lado, el sector empresarial también ha acogido a migrantes en áreas como el comercio y los servicios. “Hemos contratado a varios venezolanos en nuestra empresa y han sido un gran aporte por su compromiso y ganas de trabajar”, comenta Carlos Muñoz, dueño de un restaurante en el sector de Cañaveral.
Desafíos de integración
No todo ha sido fácil. La llegada masiva de migrantes ha generado tensiones sociales y presión en sectores como la educación, la salud y la vivienda. Escuelas en Bucaramanga han reportado un incremento en la matrícula de estudiantes venezolanos, lo que exige mayor inversión en infraestructura educativa.
Además, el acceso a empleo formal sigue siendo limitado. Según un estudio de la Universidad Industrial de Santander (UIS), el 72% de los migrantes trabajan en la informalidad, una cifra que refleja la necesidad de políticas inclusivas que permitan su regularización y acceso a mejores oportunidades.

Iniciativas que marcan la diferencia
Diversas organizaciones no gubernamentales y colectivos locales han liderado programas para apoyar a los migrantes y fomentar su integración. La ONG “Caminos de Esperanza”, por ejemplo, brinda asesoría legal y capacitaciones laborales a venezolanos, ayudándolos a regularizar su situación y mejorar sus condiciones de vida.
“El objetivo es construir una convivencia armónica, donde los migrantes no solo reciban apoyo, sino que también aporten a la sociedad santandereana”, afirma Martha López, directora de la organización.
Un llamado a la convivencia
Aunque el camino hacia la integración total aún es largo, la experiencia de Bucaramanga con la migración venezolana es una muestra de la capacidad de adaptación y solidaridad de sus habitantes.
“El reto es grande, pero es importante reconocer que juntos podemos construir una sociedad más diversa y enriquecedora”, concluye Nicolás Gómez, sociólogo experto en migración de la UIS.
Con ejemplos de éxito y desafíos por superar, Bucaramanga continúa siendo una ciudad de puertas abiertas, donde el trabajo conjunto entre ciudadanos y migrantes es clave para forjar un mejor futuro.
