Martín Parra
Hay historias que no comienzan en un escenario, sino en un pasillo.
En la Universidad Industrial de Santander, a comienzos de los años setenta, bastó el eco de una guitarra y el entusiasmo de un puñado de estudiantes para encender una tradición que, medio siglo después, sigue encontrando su lugar en la memoria. No había aún público, ni aplausos, ni giras. Solo la intuición de que la música podía ser algo más que un pasatiempo: un lenguaje común.
Fue el santandereano Gabriel Palomino quien tocó las puertas de la UIS con una idea que parecía sencilla, pero que terminaría marcando generaciones. Con el respaldo del entonces rector Neftalí Puentes Centeno y el impulso de Bienestar Universitario, nació en 1970 la Tuna Universitaria UIS: un experimento académico que pronto se volvió identidad.
La escena era casi doméstica: ensayos en una sala pequeña, voces que se acomodaban entre sí, cuerdas que aprendían a escucharse. Pero algo empezó a crecer. El voz a voz, tan propio de la vida universitaria, hizo lo suyo. Llegaron estudiantes de distintas regiones, con guitarras al hombro y ganas de quedarse. La música empezó a ordenar ese caos inicial.
Y entonces vino lo inesperado: la Tuna salió de la universidad.
Primero fueron municipios de Santander, luego otros departamentos. Más tarde, los estudios de televisión. Programas como Estudio 15, Tierra Colombiana o Balcones de Colombia abrieron sus puertas a un grupo que llevaba en su repertorio una mezcla poco común: la tradición de la tuna española, canciones latinoamericanas y, cada vez con más fuerza, música colombiana.
Pero lo que realmente distinguía a la Tuna UIS no estaba solo en el repertorio. Era su espíritu. La camaradería, la bohemia universitaria, las serenatas improvisadas, el coro compartido como una forma de pertenencia. Incluso la inclusión de voces femeninas —inusual en las tunas de la época— le dio un carácter propio, más abierto, más cercano.
Como toda historia viva, también tuvo sus tensiones. Cambios de dirección, nuevas generaciones, búsquedas distintas. A mediados de los años setenta, mientras algunos fundadores partían tras graduarse, el grupo empezó a transformarse. La música también cambió: menos anclada en la tradición española, más conectada con los sonidos andinos y latinoamericanos.

No fue una ruptura. Fue una evolución.
De ese tránsito nació, a comienzos de los años ochenta, Expresión Musical UIS —EMUIS—. Más coral, más estructurada, pero con el mismo pulso emocional. Si la Tuna había sido el impulso inicial, EMUIS se convirtió en su madurez: una agrupación que no solo interpretaba música, sino que la pensaba, la arreglaba y la proyectaba como parte de la identidad universitaria.
Con los años, la historia siguió sumando voces. Directores, estudiantes, egresados. Escenarios dentro y fuera del país. Canciones que se repitieron hasta volverse memoria colectiva. Otras que nacieron en el camino.
Pero lo esencial nunca cambió.
Porque, en el fondo, todo esto siempre ha sido lo mismo: un grupo de personas que se reconoce en la música.
Por eso, cuando en 2025 varias generaciones decidieron reencontrarse, no estaban organizando un evento. Estaban regresando a un lugar. Más de cinco décadas después, las guitarras volvieron a sonar juntas, como si el tiempo no hubiera pasado. O como si, en realidad, nunca se hubiera ido.
Hoy, ese legado tiene nombre: Raíces Musicales UIS. Una forma de decir que la historia no está atrás, sino en movimiento.
Ese movimiento llegará ahora a San Gil.
El próximo 25 de abril, en el Centro Comercial El Puente, la agrupación ofrecerá un concierto abierto al público entre las 4:00 y las 6:00 de la tarde. Será el punto de encuentro de músicos formados en distintas décadas, reunidos para compartir un repertorio que cruza la música andina colombiana, las herencias de la tuna y las adaptaciones que han acompañado su evolución.
Más que un espectáculo, será un reencuentro con la memoria. Un espacio donde la música vuelve a cumplir su papel original: reunir, recordar y seguir cantando.

