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“Escribe que algo queda”. Fue lo que hizo Magdalena Calderón y ganó un concurso de cuento

Redacción Ciudad Florida 06/05/2026
Magdalena Calderón, autora del cuento titulado: Cáscara. Foto suministrada

Misael Salazar F.

La vi en su perfil de Facebook y la reconocí de inmediato.

Pero esta vez no era para mostrarnos a Juan Martín, su hijo último. Nos contaba que, movida por una convocatoria, se arriesgó a escribir un cuento que resultó entre los seleccionados para conformar una antología bajo el título: Madres, historias que dan vida, publicado por Factor Literario.

Entonces supe que era escritora, aparte de ser mi amiga, compañera sentimental de mi amigo Juanca, madre de Martín y nuera de Gerardo.

Fue una sorpresa grata, debo admitirlo, porque en este mundo saturado de redes sociales donde el lenguaje se machaca a diario y se maltrata y se tritura, encontrarse alguien que lea y escriba es casi un logro de la naturaleza, porque la escritura, como la naturaleza misma, parecen parcelas en franco proceso de extinción. Y quien escribe es porque lee, son dos categorías gemelas, es decir amarradas, intrínsecamente unidas, una depende de la otra o una es consecuencia de la otra.

La mire otra vez, preguntándome si era ella, Magdalena, mi amiga, la gran anfitriona, la dirigente sindical, la trabajadora del SENA, la excelente conversadora, la misma con la que uno se siente cómodo charlando desde temas comunes hasta asuntos de mayores quilates intelectuales.

Y si, era ella.

– ¿Que hizo, que escribió?, me pregunté a mí mismo, como buscando la respuesta en un mundo donde la premura y la ansiedad se juntaban retorciéndome la curiosidad.   

 Y la respuesta me golpeó de frente.

Escribió Cáscara, un cuento no en prosa, sino casi en verso, como si se tratara más bien de un poema.

De pronto, el ruido de los pajaritos que esperaban el nacimiento de su crio, desapareció de su casa y cuando fue a percatarse, halló silencio y ausencia por toda compañía.

Los pajaritos de habían marchado. Del huevo donde brotaría la vida apenas consiguió la Cáscara vacía. También se había ido o se lo habían llevado sus padres o simplemente había desaparecido.

Supo Magdalena lo que penetraba la soledad y el silencio. Peor aún, se sintió culpable de aquella desgracia, porque la conciencia le exigía cuentas como si el abandono hubiera sido premeditado, como si todo hubiera sido orquestado por alguien que, con sus dos hijos, ha comprobado hasta el cansancio que es una buena madre.  

El silencio y la soledad la perseguían como cuchillos clavados en su humanidad, como si hubiera cometido el pecado más horrible, como si fuera culpable de aquella tragedia que significaba la partida de los pajaritos y su crio. Como si el canto ausente le quitara el respiro. Como si la soledad le lacerara el alma.

Pensó que la vida es frágil, extremadamente frágil y ahí comenzó el otro proceso. Empezó a entender que el silencio y la soledad también son necesarios, a veces, que por momentos significan elixir para el alma, que ayudan a comprender que no siempre son sinónimos de castigo ni de ultraje, sino que son ingredientes de la vida que apenas es un momento, que como el huevo se puede romper y solo queda la Cáscara, la soledad, el silencio, la ausencia y también la culpa.

Entendió Magdalena que, con la vida, puede suceder como con esa sentencia lapidaria que nos dejó escrita el poeta chileno Nicanor Parra: Puede acabarse todo, en un instante, en un soplo y ni siquiera nos da la oportunidad de pronunciar un hasta luego.

Magdalena Calderón no recibió premio en metálico por haber formado parte de la antología citada.

A cambio, ganó la oportunidad de publicar su cuento en Madres, historias que dan vida y eso le basta y es suficiente, porque para un escritor novel, que le publiquen su obra, es un premio y es un reconocimiento al atrevimiento de escribir y someter su producción al escrutinio de un jurado.

Yo, que me considero amigo de Magda, firmo esta especie de crónica, satisfecho, sabiendo que tengo una amiga escritora en esta fauna donde abunda lo inútil, lo superfluo, lo estéril y lo inocuo. Firmo por Magda.         

Compartimos con nuestros lectores, el cuento escrito por Magdalena Calderón, que forma parte de la Antología, Madres, historia que dan vida:

CÁSCARA

Al alba, ella despertó con una certeza que no venía del pensamiento, sino del cuerpo: algo había sido arrancado.
Subió, casi sin aliento, hasta el alero donde el nido había empezado a ser mundo.
No estaba.
En su lugar, un huevito abierto sobre la baldosa, como una herida expuesta a la indiferencia del día.

Se inclinó con una delicadeza que rozaba lo sagrado. No tocó. No pudo.
Sintió que si rozaba esa mínima tragedia, el universo terminaría de quebrarse.

Ella —que había aprendido a nombrar la vida en lo pequeño— entendió en ese instante que los pájaros no eran visita, sino origen.
Eran la respiración primera de la casa, el latido que sostenía el hilo invisible de su propia existencia.

—No volverán —susurró, sin saber de dónde nacía esa voz.

La casa quedó suspendida en un silencio espeso, como si también ella hubiera perdido algo irreparable.

Desde entonces, su vida comenzó a deshilacharse en lo imperceptible.
el café enfriándose con la solemnidad de un abandono
Los vasos estallaban en sus manos como si la materia la rechazara.
la ropa perpetuamente húmeda,
como si el aire hubiese renunciado a su oficio,

la carne detenida en un invierno doméstico,
la fruta corrompiéndose antes de su dulzura,
las medias cediendo en el instante exacto de la caída,
y su cabello, esparcido por la calle,
como migas de una identidad que ha olvidado su regreso
Nada concluía. Nada permanecía.

Subía cada tarde al lugar del nido, con una obstinación casi devota.
Miraba el vacío como quien insiste en ver una aparición.

Fue ahí donde la Pérdida empezó a hablarle.

—¿Qué invocas con esa insistencia? —preguntó la voz, nacida no del aire, sino de la herida.
—Su regreso —dijo ella, sin atreverse a desclavar la mirada del vacío.
—Nadie retorna al lugar donde fue despojado.
—Yo no los desterré… —murmuró, como si la negación pudiera absolverla.
—Basta un descuido para destruir un mundo —dijo la Pérdida con una suavidad cruel.

Ella se replegó en un silencio sin orillas.
Porque en lo más hondo sabía que la ruina no exige voluntad:
le basta la delicadeza de lo que se omite.

La cáscara rota comenzó a habitarla.
No como recuerdo, sino como filo.
Le rasgaba por dentro con cada pensamiento, con cada intento de continuar.

—¿Por qué yo? —preguntó una tarde, ya sin voz.
—Porque miraste —respondió la Pérdida—. Y quien mira de verdad, no vuelve a ser inocente.

Entonces lo comprendió:
no lloraba solo por los pájaros,
sino por la evidencia brutal de su fragilidad,
por la forma en que el mundo puede derrumbarse sin estruendo,
y todo lo que se pierde sin dejar siquiera un lugar donde reclamarlo.

Y los adioses llegaron.
Y la ausencia incluso de sus odios.
Y la sensación de que algo en ella se vaciaba sin remedio.

Sangre como hueco.
Sangre como residuo.
Sangre como un idioma sin oyentes.
Sangre como intrusión.
Sangre como despedida interminable.

Sangre como un nombre que nadie pronuncia.

Una tarde dejó de subir.

No por olvido,
sino porque entendió que el regreso no es una forma de la vida.

Se sentó en el lugar donde antes escuchaba el canto,
y por primera vez no esperó.

—¿Te quedas? —le preguntó a la Pérdida.
—Siempre —respondió—, pero ya no como herida.

Ella cerró los ojos.
Y en esa oscuridad íntima, sintió algo distinto:
no la restitución, no el consuelo,
sino una forma nueva de sostener lo roto sin que la destruyera por completo.

Comprendió —con una lucidez que dolía—
que el mundo no se había quebrado ese día,
que la grieta venía de antes,
y que aquel nido, aquel huevo, aquellos pájaros,
habían sido apenas el delicado milagro que la mantenía unida.

Cuando abrió los ojos, la casa seguía en silencio.
Pero ya no era un silencio vacío.

Era un silencio habitado.

Y en lo más hondo —casi imperceptible—,
como una traición o como una promesa,
algo en ella
todavía latía…
con un vacío que se profundiza a sí mismo,
con una ausencia que aprende a nombrarse.
Era lo único que, en secreto,
la sostenía.

Magdalena Calderón.

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