#Opinión

Martín Parra
Periodista y creador de contenidos digitales
Hay historias que, por su propia naturaleza, terminan explicando más que cualquier diagnóstico técnico. La del barrio La Cumbre, en Floridablanca, es una de ellas.
Durante décadas, su crecimiento fue el resultado directo del trabajo comunitario. No fue una expansión planificada desde el escritorio, sino una construcción colectiva: vecinos organizados, liderazgos barriales, procesos de autogestión y una Junta de Acción Comunal que, como en tantos sectores del país, actuó como eje articulador del desarrollo.
Por eso resulta, cuando menos, paradójico que hoy, siendo uno de los barrios más poblados del municipio, La Cumbre no haya logrado realizar la elección de sus dignatarios comunales.
La explicación inmediata es técnica: no hubo tiempo suficiente para conformar el Tribunal de Garantías, requisito indispensable para validar el proceso electoral. Ante ese vacío, se optó por no realizar la jornada, evitando así una nueva anulación, como ya ha ocurrido en intentos anteriores. Se ha planteado una prórroga y la posibilidad de convocar elecciones en los próximos meses.
Pero quedarse en esa explicación sería simplificar demasiado el problema.
Lo que ocurre en el fondo es más complejo y, a la vez, más revelador: tensiones internas, desacuerdos entre liderazgos y una cadena de impugnaciones que han terminado por bloquear, una y otra vez, la posibilidad de consolidar una nueva Junta. La democracia, en su esencia, implica debate, oposición y contraste de ideas. Sin embargo, cuando esas diferencias se traducen en parálisis, el costo lo termina asumiendo toda la comunidad.
La Cumbre no es un barrio menor. Su tamaño y su peso dentro de Floridablanca hacen que la ausencia de una Junta de Acción Comunal formalmente constituida no sea un asunto anecdótico, sino un problema de representación. Sin ese canal organizado, la gestión de proyectos, la interlocución con la institucionalidad y la capacidad de respuesta frente a las necesidades colectivas se debilitan.
Y ahí aparece, de nuevo, la paradoja.
Un barrio que en otros tiempos logró movilizar a cientos —incluso miles— de personas en procesos de formación y participación, hoy enfrenta dificultades para alcanzar consensos básicos que le permitan elegir a sus propios representantes. No se trata de idealizar el pasado, pero sí de reconocer que hubo un momento en el que la organización comunitaria no solo era posible, sino efectiva.
Quizás el desafío actual no sea únicamente cumplir con los requisitos legales para una elección, sino reconstruir las condiciones mínimas de confianza entre quienes hoy disputan el liderazgo. Porque, al final, ninguna norma suple lo que se rompe cuando el tejido social se fragmenta.
La Cumbre creció gracias a la comunidad. La pregunta, ahora, es si esa misma comunidad será capaz de reencontrarse para sostener lo que construyó.
