Este viernes fue la despedida del joven florideño Daniel Felipe Ibáñez Martínez. Foto: Ciudad Florida
Misael Salazar F.
A las 4 de la tarde de este viernes, 7 de julio, el ruido de los voladores se confundió con el repicar de las campanas de la iglesia San Juan Nepomuceno de Floridablanca.
Anunciaban que estaba llegando la hora del último trayecto que debía cumplir Daniel Felipe Ibáñez, en lo que fue la ciudad donde nació y se crio y en la que vivió cultivando sus amores.
De la Hermandad de los Nazarenos salió una larga procesión llena de rostros llorosos, caras tristes y vestidos negros, todos los símbolos de la muerte reunidos en una corta cuadra que comunica la capilla con la iglesia.

Mucho dolor se vivió en la despedida de Daniel Felipe. Foto: Ciudad Florida
Un pabellón de Colombia acompañó el féretro, que también estaba precedido de fotografías inmensas con el rostro de la juventud que mostraba Daniel Felipe hasta la hora de su partida. Grandes ramos de flores y recuerdos, también adornaron la despedida.
La multitud era mucha, porque mucha era la familia y muchas las amistades de este joven que tuvo que partir a mala hora.
Pero la masiva presencia humana contrastaba con el silencio, tan similar a la soledad que magistralmente describe Juan Rulfo en Pedro Páramo o San Juan Lubina. Es que la muerte es sinónimo de tristeza, impotencia y soledades, aunque sabemos que es un destino irremediable.
El video muestra el momento en que el féretro ingresa a la iglesia para la despedida a Daniel Felipe Ibáñez. Foto: Ciudad Florida
Ya en la entrada de la iglesia abarrotada de fieles, el sacerdote esperaba el féretro. Untó el ataúd con el agua bendita y le sirvió de guía a quienes transportaban los restos del joven motociclista a lo largo de la nave central del recinto religioso donde los florideños se ponen en paz con el dueño de Todo.
El sacerdote hizo leer el evangelio del día. Les recordó a los deudos de Daniel Felipe, que es cierto que andan con el alma entristecida, pero que el Pastor, el Todopoderoso, se encargará de proporcionarle vida eterna al joven florideño.

Un inmenso pabellón colombiano acompañó el féretro. Foto: Ciudad Florida
En la primera banca de la iglesia, la que fue la novia del joven, lloraba inconsolable. Apenas era capaz de recostarse a sus padres.
En la otra fila, la señora Johana, quien crio a Daniel Felipe, impotente, incapaz de cargar con el dolor que le pesaba un mundo.
El resto de la iglesia era un mar de rostros melancólicos, llorosos, idos, porque la tristeza rondaba la inmensa casa que sirve de recinto religioso a quienes habitan este territorio que lleva el nombre del Conde de Floridablanca.
Cerca de las 5 y media de la tarde sonó otro volador. Anunciaba que estaba cerca la hora de iniciar lo que sería, ahora sí, la despedida de Daniel Felipe.
Parte de la multitud acompañó el féretro, camino del sitio donde permanecerá como recuerdo. El resto se quedó en el atrio de la iglesia sin saber a ciencia cierta qué hacer, mirado la lejanía, apenas acompañados por la inmensa soledad que les perseguía el alma.
