Martín Parra
Este 7 de mayo, el mundo será testigo de un evento que, a pesar de su aparente anacronismo, sigue teniendo un poder simbólico y espiritual innegable: el Cónclave. Un proceso que ha sobrevivido a guerras, cismas, escándalos y modernidades. Un rito cerrado, silencioso y milenario en el que 133 cardenales, representantes de 71 países, elegirán al nuevo sucesor de Pedro.
Y aunque algunos lo comparan con una elección política, conviene aclararlo: esto no es un Congreso. Aquí no se negocian puestos ni se trafican favores. Los cardenales —más allá de sus humanas limitaciones— no representan partidos ni facciones. Representan al Pueblo de Dios.
Jesús no le entregó a Pedro una curul ni un ministerio. Le entregó una misión: “Apacienta mis ovejas”. Y ese mandato es el que hoy vuelve a resonar en el Aula del Sínodo y, pronto, en la Capilla Sixtina. Esas ovejas no pertenecen al Vaticano. Pertenecen a Dios. Y los pastores —los cardenales— están llamados a cuidarlas con humildad, no a manipularlas con astucia.
Sin embargo, no podemos romantizar el momento. La Iglesia Católica enfrenta una crisis profunda y transversal. Las estadísticas lo demuestran: menos vocaciones, más desconfianza, más preguntas sin responder. El número de seminaristas ha caído año tras año. En 2023, hubo más de 2.000 menos que en 2022. La economía vaticana vive tiempos de estrechez. Y, sobre todo, persiste la herida abierta de los abusos sexuales, un crimen moral cuya gravedad apenas empieza a asumirse plenamente.
A esto se suma la presión mediática, la fractura interna entre corrientes conservadoras y progresistas, y el grito urgente de muchas comunidades que piden una Iglesia más cercana, más profética, más valiente.
¿Qué busca entonces este Cónclave? ¿Un administrador? ¿Un equilibrista diplomático? ¿Un teólogo brillante? No. La Iglesia busca —o debería buscar— un pastor. Uno que huela a oveja, como dijo alguna vez el mismo Francisco. Uno que no le tema al mundo, pero tampoco se diluya en él. Uno que entienda que la fe no se impone, pero sí se propone con convicción y ternura.
En las Congregaciones Generales de esta semana, los cardenales han reflexionado sobre los retos del mundo moderno: la guerra, la migración, el papel de la mujer, la educación, el cambio climático, la fragilidad de la familia, el diálogo interreligioso, las divisiones internas. Pero también han levantado la voz para agradecer el legado de Francisco y reafirmar la necesidad de una Iglesia que “salga del cenáculo”, que no se encierre en sí misma, que no tema ensuciarse las manos.
Y es aquí donde aparece la paradoja más profunda de este momento: el mundo mira a Roma esperando humo blanco, pero los cardenales, reunidos en silencio, miran al cielo esperando luz del Espíritu Santo.
No se trata de elegir al nuevo Bergoglio. Se trata de encontrar al sucesor de Pedro en 2025. Uno que esté dispuesto a cargar la cruz, no a buscar la corona. Porque el poder del Papa —si es que lo tiene— no es el del mando, sino el del servicio. Y en eso, el Evangelio no ha cambiado.
Al final, la pregunta crucial no será quién gana en esta elección. La verdadera pregunta será: ¿quién está dispuesto a perderlo todo por seguir a Cristo?
El próximo Papa, sea quien sea, no recibirá solo un nombre nuevo ni un anillo. Recibirá el peso de una historia, de una esperanza y de un pueblo entero que aún cree que el amor tiene sentido.
Y eso —en tiempos como estos— ya es mucho decir.
