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#TERCERA PALABRA. Madres de Colombia: Fe, olvido y resistencia

Redacción Ciudad Florida 04/02/2026

Sofía Correa/Periodista

Una madre no es solo el origen de la vida: es su columna vertebral, su pulso más constante, su refugio más antiguo. Es la primera palabra que aprendemos a pronunciar —casi siempre entre balbuceos— y, con frecuencia, la última que se queda suspendida en la memoria cuando todo lo demás se desvanece. Ser madre, en muchos rincones del mundo y especialmente en Colombia, ha significado históricamente sostenerlo todo incluso cuando no hay nada. Es quien posterga sus propios sueños para garantizar techo, alimento y afecto; quien carga silenciosamente con el peso emocional de una familia entera, incluso cuando sus propias fuerzas parecen agotarse.

En Colombia, hablar de maternidad es hablar también de resistencia. No se trata únicamente de un rol afectivo o biológico, sino de una tarea profundamente social que, en muchos casos, se ejerce en condiciones adversas. Desde esa certeza nace esta reflexión: una crítica necesaria a un sistema que, lejos de protegerlas, ha dejado a miles de madres a la intemperie social. Madres que han perdido a sus hijos en medio del conflicto armado, mujeres relegadas a la informalidad laboral sin garantías mínimas, y jefas de hogar que sostienen economías frágiles sin respaldo institucional suficiente.

Ser madre, en muchos rincones del mundo y especialmente en Colombia, ha significado históricamente sostenerlo todo incluso cuando no hay nada.

En esta Semana Santa, cuando el calendario invita a la introspección y al recogimiento, emerge inevitablemente la figura de María, la madre de Jesús. Más allá de su dimensión religiosa, María simboliza la entereza silenciosa, la resiliencia profunda y la capacidad de amar incluso en medio del dolor más desgarrador. Es la madre que acompaña sin condiciones, que sufre en silencio y que permanece incluso cuando todo parece perdido. Pero esa imagen, que parece lejana y sagrada, se encarna todos los días en miles de mujeres colombianas que, lejos de los altares, viven su propia pasión: la de la incertidumbre, la ausencia y el abandono estatal.

María deja de ser entonces solo un símbolo espiritual para convertirse en un espejo incómodo de la realidad social. Porque en Colombia hay madres que también cargan una cruz. No de madera, sino de preguntas sin respuesta, de trámites interminables, de silencios oficiales. Hay madres que un día despidieron a sus hijos campesinos, jóvenes o trabajadores, sin saber que ese abrazo sería el último. Madres que viven atrapadas entre la esperanza y la resignación, preguntándose durante años qué ocurrió, dónde están, quién responde.

A pesar de los avances institucionales tras más de una década de procesos de paz, la deuda con ellas sigue abierta. Según cifras de entidades como la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, el número de personas desaparecidas en el contexto del conflicto supera las cien mil. Detrás de cada cifra hay una historia inconclusa, una mesa con una silla vacía, una madre que insiste. Muchas de estas mujeres han tenido que convertirse en investigadoras, abogadas, voceras y activistas de su propio dolor. Han aprendido a leer expedientes, a recorrer territorios, a exigir respuestas en oficinas donde, muchas veces, el tiempo pasa más rápido que las soluciones.

En Colombia, hablar de maternidad es hablar también de resistencia

Sin embargo, los obstáculos siguen siendo profundos. Los responsables de cientos de desapariciones forzadas continúan sin reconocer plenamente sus delitos, y los procesos judiciales avanzan con lentitud. El silencio se convierte entonces en un segundo castigo. La incertidumbre se instala en la vida cotidiana y transforma la espera en una forma de sufrimiento permanente. No saber es, para muchas madres, más doloroso que cualquier certeza.

Pero esta no es la única lucha. A la tragedia del conflicto se suma una realidad igualmente dura, aunque más silenciosa: la de las madres que crían solas. En Colombia, millones de hogares son liderados por mujeres, muchas de ellas sin apoyo económico, emocional ni institucional. Estas madres no solo asumen la crianza, sino también la provisión económica, en un mercado laboral que históricamente les ha sido desfavorable.

La informalidad sigue siendo una de las principales barreras. Muchas mujeres trabajan en ventas ambulantes, oficios domésticos no regulados o emprendimientos de subsistencia que no garantizan estabilidad. Esto implica ingresos variables, ausencia de seguridad social y una constante incertidumbre sobre el futuro. A esto se suma la carga del cuidado: jornadas dobles o triples que no siempre son reconocidas ni valoradas.

Madres que han perdido a sus hijos en medio del conflicto armado, mujeres relegadas a la informalidad laboral sin garantías mínimas, y jefas de hogar que sostienen economías frágiles sin respaldo institucional suficiente

El abandono paterno, por su parte, sigue siendo una herida abierta. Aunque existen mecanismos legales para exigir el cumplimiento de obligaciones económicas, en la práctica muchas mujeres enfrentan procesos largos, desgastantes y, en ocasiones, ineficaces. Las comisarías de familia, los juzgados y las entidades encargadas de velar por estos derechos no siempre logran responder con la rapidez y contundencia que la situación exige.

En este contexto, las redes sociales han emergido como un escenario alternativo de denuncia. Allí, muchas madres encuentran una voz que no siempre hallan en las instituciones. Exponen casos, comparten historias, buscan apoyo. Sin embargo, esta visibilización también evidencia una falla estructural: cuando la justicia se traslada al espacio digital, es porque algo no está funcionando en el sistema formal.

Y entonces, la pregunta se vuelve inevitable, insistente, incómoda: ¿qué está fallando? ¿Por qué tantas madres siguen sin respuestas? ¿Por qué la carga de la crianza, del duelo, de la búsqueda y de la supervivencia recae casi exclusivamente sobre ellas? ¿Está el Estado realmente acompañando estos procesos o simplemente administrando la crisis sin resolverla de fondo?

En esta Semana Santa, más allá de los rituales y las tradiciones, vale la pena hacer una pausa profunda para mirar esta realidad de frente. Reflexionar no solo desde la fe, sino desde la responsabilidad social. Pensar en esas madres que no tienen tiempo para el recogimiento espiritual porque están demasiado ocupadas sobreviviendo, buscando o resistiendo. Entender que su lucha no es individual, sino colectiva, y que su dolor no puede seguir siendo normalizado.

Porque en Colombia hay madres que también cargan una cruz. No de madera, sino de preguntas sin respuesta, de trámites interminables, de silencios oficiales.

También es un momento para replantear el lugar que ocupan estas mujeres en la agenda pública. No basta con reconocer su dolor en fechas simbólicas ni con exaltar su fortaleza en discursos emotivos. Se requiere acción concreta: políticas públicas efectivas, acceso real a la justicia, programas de apoyo económico y psicosocial, y un compromiso genuino por cerrar las brechas que históricamente las han marginado. La reflexión debe traducirse en exigencia, en conciencia colectiva, en presión social.

Es urgente, además, cambiar la narrativa. Dejar de romantizar el sacrificio materno como si fuera una obligación natural e inevitable, y empezar a cuestionar por qué tantas mujeres tienen que asumir solas responsabilidades que deberían ser compartidas. Hablar de corresponsabilidad no solo en el hogar, sino también en el Estado y en la sociedad.

Finalmente, esta Semana Santa puede ser una oportunidad para mirar distinto, para sentir distinto y, sobre todo, para actuar distinto. Para reconocer que detrás de cada madre hay una historia que merece ser escuchada, atendida y dignificada. Porque sostener la vida no debería ser una carga solitaria, sino una tarea acompañada.

Reflexionar socialmente en estos días implica también incomodarse, hacerse preguntas, no pasar de largo frente a las realidades que duelen. Implica reconocer que hay madres que siguen esperando justicia, que siguen buscando a sus hijos, que siguen luchando contra un sistema que muchas veces las ignora. Y que esa espera no puede prolongarse indefinidamente.

Que esta Semana Santa no sea solo un tiempo de tradición, sino también de conciencia. Que sirva para mirar a las madres más abandonadas y marginadas no con lástima, sino con responsabilidad. Que nos obligue, como sociedad, a preguntarnos qué estamos haciendo —y qué estamos dejando de hacer— por ellas. Porque en el reflejo de su lucha también se mide el nivel de humanidad de un país.

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Tags: madres de colombia semana mayor semana santa sermon de las siete palabras sofia correa

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