Azucena Ríos Jaimes
En la plaza principal de Floridablanca, una madre indígena venezolana, Martina Romero, lucha por sobrevivir con sus tres hijos pequeños. Desplazada por la violencia y la crisis económica en Venezuela, Martina y su familia viven en la calle, vendiendo canastos y utensilios artesanales para subsistir. ¿Quién escuchará su voz?
El panorama del pasado domingo 25 de agosto en la plaza principal del municipio de Floridablanca parecía el habitual. Los niños, junto a sus madres, pasean con globos y un helado para sofocar el calor. Los buenos cristianos, atienden a la misa de 12:00 y a la que asiste una buena cantidad de feligreses pues desde la esquina de la carrera 9 con calle 6 se ve a las personas agolpadas en la puerta y de pie.
El día de mercado es bullicioso y animado. La gente pasa indiferente junto a la señora Martina Romero, una mujer indígena venezolana quien se encuentra tirada en el suelo sobre una sábana y sujeta con firmeza a un pequeño bebé de un año y medio de vida, que duerme sobre su hombro, mientras que el pequeño de 3 años al que trata de calmar su madre con la mano que le queda libre, pareciera que el calor lo tiene desesperado y le pide agua entre lágrimas.
Video: Una madre indígena acude a la solidaridad para darle de comer a sus tres hijos
Hay otro niño, más travieso que sus hermanos, quien se aleja corriendo del rincón donde su familia se encuentra vendiendo canastos a merced del sol y halla en un vaso de yogur vacío un juguete y un caramelo al que no para de relamer buscando sacarle más contenido. Juega y ríe solito haciendo de la calle su patio de recreo.
Martina habla español, aunque cuesta entenderle al principio y cuenta que viene desplazada por la violencia y la crisis económica que vivía su comunidad en Venezuela. Vivía en zona rural de La Fría, una ciudad pequeña en el estado fronterizo de Táchira donde dejó a sus padres y abuelos para buscar junto a su esposo y 3 hijos, un futuro diferente lejos del hambre que les azotaba sin piedad.

Martina Romero sobrevive entre Bucaramanga y Floridablanca
La violencia por parte de grupos armados al igual que pasa en nuestro territorio, moviliza forzosamente a comunidades indígenas a lo largo de la frontera colombiana y a pie la cruzan esperando que en Cúcuta sus necesidades más urgentes puedan resolverse.
Un informe de LA LIGA CONTRA EL SILENCIO en 2022 revelaba datos sobre masivas migraciones de grupos indígenas a lo largo de la frontera colombiana, principalmente en Vichada, Norte de Santander, Amazonas y Arauca. La defensoría ha advertido mediante alertas tempranas acerca de la expansión de grupos al margen de la ley, colombianos, que toman los territorios ancestrales para ejercer control sobre la minería ilegal y el narcotráfico, agravando la crisis social que vive el vecino país.
Sin embargo, el panorama no fue favorable desde que iniciaron la travesía y de Cúcuta viajaron a Bucaramanga hace dos meses esperando que la ciudad Bonita fuera más amable. Todos los días el esposo de Martina sale a rebuscarse los 25 mil pesos que cuesta una habitación diaria en el Hotel López, ubicado en el Parque Centenario, en el centro de la ciudad y que comparten con otros paisanos.
Su esposo sale todos los días a la calle a buscar $25.000 que le cuesta la habitación en un hotel del parque Centenario, ubicado en la Calle 31 No. 17-39 de Bucaramanga
Martina es consciente que para su marido, un indígena migrante y nuevo en la ciudad, las puertas laborales se le cierran en muchos sitios por lo que opta por tejer con sus propias manos canastos, esteras, abanicos y otros utensilios útiles para almacenar cosas, y sale a venderlos desde temprano.
Su esposo rebusca el material para los cestos y se ofrece a cualquier oficio que le propongan para llevar algo de comer al final del día. Las ganancias no son suficientes por lo que Martina sin tener dónde dejar a sus hijos, sin plata para cubrirlos del sol o la lluvia y descalza, lleva al hombro un saco lleno de canastos, un bebé y dos pequeños inquietos que le piden constantemente cosas que ella no les puede dar.
Los cuatro vagan por las calles en silencio, se hacen en alguna esquina y permanecen allí esperando vender algo. La mayoría de sus ganancias son fruto de la solidaridad de la gente con atisbos aún de humanidad y compasión por los demás pero lejos de romantizar la situación la condición de mendicidad en la que viven es preocupante.
Contando las moneditas que tenía en la mano y recordando su hogar con tristeza, esta madre rompió su silencio y decidió hacer un llamado a la solidaridad, el buen corazón y el espíritu compasivo de los bumangueses y florideños a quienes pide ayuda a través del siguiente video, el cual se hace con el único fin de hacerle llegar a la señora Martina y a sus hijos una ayuda que se puede traducir en donaciones de ropa en buen estado, zapatos, chanclas, ollas, utensilios para cocina, arroz, panela, aceite, pañales y teteros para el menor de los niños, entre otras cosas. Todos los domingos en el parque principal de Floridablanca, la señora Martina se presenta a vender su material artesanal.
